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Opinión


26 Enero, 2018.

Partidos: tendencias y disidencias

Agrupaciones políticas están obligadas a dar un giro a sus antiguos esquemas de supervivencia.

César Campos

| Columnista

Los dos procesos políticos que signaron el mes de diciembre del pasado año, el intento de vacancia al presidente Pedro Pablo Kuczynski y el indulto concedido por este al exmandatario Alberto Fujimori, remecieron a casi todos los partidos políticos representados en el Congreso. La bancada mayoritaria de Fuerza Popular gestó a diez avengers, del oficialismo emigraron tres parlamentarios, el 40% de la Célula Parlamentaria Aprista no respaldó el acuerdo provacancia, Alianza para el Progreso vio partir a Julio Rosas, Nuevo Perú acentuó su distanciamiento del Frente Amplio al cual perteneció.

Acción Popular estaba cohesionado hasta que la permanencia de Rosa María Bartra al frente de la Comisión Lava Jato exhibió sus fisuras.

¿Cómo explicarse tantas rebeldías públicas juntas? ¿Qué ocurre con la famosa “disciplina” en las agrupaciones viejas y nuevas? ¿Cuál es el grado de la crisis de los partidos y su correlación con el sistema que los ampara?

Lo primero que resalta es la pobre adaptación de estas colectividades a los tiempos modernos. En la era de las tecnologías digitales y las redes sociales que acentúan la conciencia del ser individual (Twitter es, simultáneamente, el espacio más democrático de las opiniones libres pero también la vitrina de todas las patologías humanas concebibles), las agrupaciones políticas no interpretan bien este fenómeno. Permanecen aferradas a los cánones de la regimentación de sus militantes y castigan las opiniones singulares. Se han rezagado en la valoración de las personas y su libertad. No debe extrañar por eso que a Kenji Fujimori, 37 años, le resulte inaudito ser sancionado por sus tuits o las manifestaciones que plasma en Instagram.

La respuesta correcta debía ser la institucionalización de las tendencias: admitir que los partidos del siglo XXI sobreviven gracias a sus alas marcadas y pugnas dentro de una misma línea de pensamiento.

El escollo en el Perú es que el sistema político promueve el registro de muchos grupos sin más identidad que la adhesión a un caudillo. El ámbito de las ideas se subordina ahora al hombre o mujer providencial. El programa es el líder. Hemos retrocedido al siglo XIX.

Lo segundo es la estrategia que estos mismos grupos deben diseñar frente a las opciones disidentes. Lejos de agitar las amenazas de expulsión —que, como decía Manuel Gonzales Prada sobre los bienes y glorias de la vida, o nunca llegan o llegan tarde— hace falta un derrotero interno capaz de diluir el ánimo rupturista y conducirlo al buen puerto de la reconciliación sobre bases participativas para los críticos.

La disidencia deja mal parado a quien detenta el liderazgo del partido porque supone su incapacidad para evitarla. Un camino que la impida, por ejemplo, es la distribución de roles protagónicos en las múltiples áreas del quehacer político que va desde las tareas administrativas de la organización hasta los planes de gobierno a ser expuestos ante la ciudadanía.

Todos caben. Todos suman. Eso no parece entenderlo Keiko Fujimori en Fuerza Popular, cuya potente dirección le ha otorgado privilegios a quienes casi ya ni discuten sus ukases. Por el contrario, fomenta el mal ánimo de los que carecen de ellos. De ahí que el nunca bien ponderado congresista Bienvenido Ramírez hable sin filtro acerca de la posibilidad de fundar un partido kenjista en caso prosperasen las expulsiones. Imagino que en esa nueva agrupación Ramírez dejaría de ser cola de león para constituirse en cabeza de ratón.

Pero, ¿quién debe allanarse para ponerle coto a este escenario?,¿Keiko o Kenji?  La tribuna fujimorista más numerosa clama porque sea el segundo. Creo que debería ser al revés.

Keiko arrastraría una piedra en el zapato si se impone la cabeza caliente. A ella le corresponde admitir las tendencias en el fujimorismo y contener la disidencia. Lo mismo debe pasar en los otros partidos. Fraccionar más el mosaico político peruano solo nos anticipa el triunfo de la anarquía que, al decir de Simón Bolívar, terminará por devorarnos.


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