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¡Notre Dame!

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"Estoy triste esta noche al ver quemarse esta parte de nosotros", ha dicho el presidente Macron. Se refería a los franceses, pero ante esta tragedia (y la de cualquier monumento que nos recuerda que los seres humanos sí podemos hacer las cosas bien) "nosotros" somos todos.



¡Notre Dame! Llevaba cuatro días lluviosos en París y decidí que debía aprovechar mi insomnio en el primer día despejado para conocerla. Desayuné a las cinco y media de la mañana y luego, con toda parsimonia, me dirigí a pie a la famosa catedral.

Cuatro kilómetros, pero no hay distancia que valga porque cada rincón de la capital francesa supera la imaginación. Tan solo caminar libremente sus empedrados –sin guías ni grupos– es un privilegio, y hacerlo al alba tiene su especial encanto. No obstante, ¡ojo!, esa libertad en la que es, probablemente, la urbe más hermosa del mundo puede resultar traicionera para quien busca sacar el máximo provecho a su estadía. Las pausas te permiten tocar tierra, suspirar y repetirte, si es tu primera vez, “Dios, llegué. ¡Estoy en París!”, y en esa dinámica se te van las horas.

Tengo amigos muy organizados que cuando planean un viaje a Europa arman un excel. Yo googleo. Así encontré una aplicación que me permitía reservar un turno en la fila y regresar justo a tiempo para ingresar. Y como para eso faltaba más de una hora, crucé el puente hacia el Barrio Latino. Al otro lado del río, la minúscula e históricamente significativa Shakespeare and Co. –la librería que fue la primera en publicar el Ulises de James Joyce– me volvió a emocionar.

Antes de ingresar, apunté un detalle: la fachada austera de la iglesia desde el exterior siempre sorprenderá al novato, que llegará a entender su fama cuando la rodee a pie, admirará sus magníficos arbotantes, la armonía de su conjunto en la ribera del Sena. Momento sublime. Y en el interior, los vitrales y los tesoros iluminados con luz natural, invalorables.

Una vez arriba, luego de subir sin parar casi 400 escalones (fustigados por los letreros que en tres idiomas ordenan no detenerse), todo fue respirar la historia: la humedad de la roca y la madera de cientos de años que encerraba las antiguas campanas. Yo me dediqué a esconder mis lágrimas de los turistas japoneses que lanzaban exclamaciones de admiración por las vistas de la bellísima París desde el mirador gótico al aire libre. Porque, flanqueado por las gárgolas, volví a ser el niño que hace treinta años soñaba con las enormes fotos de esa pesada enciclopedia de tapa azul –Maravillas del Mundo, de Salvat–, al tiempo que mi padre decía: “Cuando seas grande”.

Grandeza es la de la humanidad que, no obstante sus terribles defectos y limitaciones, se ha regalado obras como esta catedral.

“Estoy triste esta noche al ver quemarse esta parte de nosotros”, ha dicho el presidente Macron. Es claro que se refería a los franceses, pero ante la tragedia de Notre Dame –y la de cualquier monumento que nos recuerda que los seres humanos sí podemos hacer las cosas bien– “nosotros” somos todos.

Foto tomada de Semana.com

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