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A la carta

Los políticos hablan de comida

De gira por Manhattan

De gira por Manhattan

No será la Gran Manzana, pero este restaurante fue —hasta no hace mucho— una de las tres mejores cocinas del Centro.

No será la Gran Manzana, pero en su tiempo —hasta no hace mucho, en realidad— fue una de las tres mejores cocinas del Centro. Y aún hoy es común encontrar en su amplio comedor a congresistas, diplomáticos, ministros que caen por Palacio de Gobierno, abogados de postín, periodistas y habitués de la política. El Manhattan, a pocos metros de la sede principal del diario El Comercio, tenía sus días consagrados al arroz con pato y al tacu-tacu de pallares con camarones donde hoy sobrevive un lomo saltado de buena factura, pero no mucho más.


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Eso sí, la atención sigue siendo de primera y eso modula, de cierta manera, las deficiencias que aún está a tiempo de corregir. Quise iniciar esta travesía con un pisco sour como el que se piden los chicos de Torre Tagle cada vez que llegan en plan de celebración, y me alegré de no ser diabética pues habría fallecido en el acto: el trago tenía tal nivel de azúcar que era imposible de beber. "¿Es un pisco sour o un ponche dulzón?", me pregunté mientras lo dejaba de lado para dejar atrás la impresión. Señores de la barra, ¡a corregir ya!


Ahora bien, si se trata de optar por una copa de pisco como aperitivo, el asunto se complica. Si bien la barra tiene Viñas de Oro, que es un buen destilado, el Manhattan opta por el Ocucaje como "pisco de la casa", por ahí hay un Biondi Italia, algo de Viejo Tonel y de Ferreyros (acholado y quebranta) y nada más. Pues bien: urge contar con algunas botellas de Cuatro Gallos y Portón, para estar a la altura de las expectativas, digo, en caso de que llegue por aquí algún exigente aficionado a nuestro licor bandera. Image title


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Pasemos a la comida, que es donde mejor le va a este recinto visitado por muchos parlamentarios los días jueves, que hay Pleno. Así, llegó un cebiche de corvina que estaba bastante bien: porción generosa, pescado fresquísimo y una muy sabrosa leche de tigre. Con razón vimos al vocero favorito de Nadine Heredia, Teófilo Gamarra, dar cuenta discreta pero muy sonriente del suyo en otra mesa.


Por otro lado, la coyuntura noticiosa vinculada al quehacer parlamentario imponían —¡cómo no!— unas conchitas a la parmesana, las mismas que no tenían mayor gracia (un poco secas para mi gusto, aunque hubo opiniones divididas al respecto), las mismas que rematamos con un chicharrón de calamar que nos llevó, este sí, a un territorio más placentero. Podría decirse hasta aquí que la irregularidad es un sello distintivo de la casa.


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Sin embargo, había que internarse en sabores más intensos. ¿Qué piden los Daniel Abugattás, los Velasquez Quesquén, los Alejandro Aguinaga, los Rafael Rey y tantos políticos como diplomáticos que caen al Manhattan? Llegó una suculenta sábana de lomo apanado con tacu-tacu de pallares (puede pedirse de frijoles, también) con plátanos y huevos fritos. Todo bien, dentro de lo que cabría esperar de cualquier restaurante promedio, aunque bastante alejado del nivel que antes lograba el Manhattan. El tacu-tacu, además, estaba demasiado seco y hasta un poco insípido. La sábana de lomo, sí, muy sabrosa, aunque podría decir que le faltaron un poquitín de especias al apanado.


También dimos cuenta de un lomo saltado que, hay que decir, es de los mejores del Centro. Jugoso, tierno, con el sabor característico que le da el encendido de la carne en la sartén y con unas papas fritas amarillas que se podrían pedir solas. Bien aquí.


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Al final quise rematar —como corresponde— con un postre, y si bien las opciones abundan en aburridos cheesecakes, opté por una crema volteada que me sorprendió por lo lograda que estaba. El café bueno, pero podría estar muuuucho mejor. 


En resumen, no se come mal en el Manhattan, pero podría estar mejor. Ya regresaremos en unos meses para ver si al menos aquí —y a despecho de la situación política— las cosas mejoran.




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