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A la carta

Los políticos hablan de comida

Cotilleo a la italiana en el Symposium

Cotilleo a la italiana en el Symposium

No se trata de una trattoria más: tiene personalidad y apunta al paladar amante de las sutilezas mediterráneas.

Desde su nombre, el Symposium quiere dejarte en claro una cosa: apunta al paladar experto, al comensal exigente, amante de las sutilezas mediterráneas por medio de aceites, trufas y yerbas aromáticas. No es una trattoria más donde conviven pizzas y pastas, y menos hogar de fusiones ítalo-peruanas tan en boga. Symposium tiene personalidad y así lo entienden sus comensales, entre los que se cuentan políticos y empresarios.

Su ubicación, a pocas cuadras de la zona financiera de San Isidro, favorece dicha concurrencia. Así, sabemos que el exministro de Economía y hoy embajador en Washington, Luis Miguel Castilla, y la ex primera ministra Beatriz Merino se cuentan, por años, entre sus más fieles concurrentes. Como también actuales ministros como Alonso Segura (Economía) y Piero Ghezzi (Producción), además de voceros y "past presidents" de la Confiep, conocidos lobbistas —¡ups, quise decir "gestores de intereses", jaja!— y muchos abogados de postín.

Empezamos con dos aperitivos muy refrescantes: Campari con naranja y, para no perder la costumbre, un chilcano clásico, ambos de buena factura. El barman se toma en serio su trabajo; sin embargo, hay que decir que en Symposium incurren en la descortesía de ofrecer a sus comensales solo agua de mesa importada. Es decir, Acqua Panna o San Pellegrino. ¿Por qué no San Mateo o, como pediría la guapa Millet, una simple botella de Cielo? Misterios del "boom gastronómico" limeño.

Al tiempo llegó una focaccia estupenda, acompañada de un aceite de oliva que hizo bastante grata la espera de las entradas que habíamos ordenado. Dado que el servicio no soltaba prenda sobre los favoritos de "este" y "aquel", les pedimos que nos hicieran una selección de favoritos entre empresarios y políticos. Así llegaron un carpaccio de conchas, palta y caviar de salmón, una ensalada de pulpo blanco y un vitello tonnato (láminas de cordero en salsa se atún y alcaparras). Uno empieza a probar y entiende por qué este restaurante siempre tiene gente. Nunca está lleno (digamos que entre los más baratos de Lima no está, para nada), pero siempre muestra la mayoría de sus mesas ocupadas. En medio de la decoración de resonancias clásicas y romanas, extrañábamos alguna alegoría dedicada al 'Pibe' Mario Ballotelli. Ya llegará.


Las conchas nadaban en un ligero aceite de oliva y limón, gotas de trufa blanca e iban muy a juego con las huevas de salmón —y eso que yo, la mayoría de los veces, detesto el 'caviar' (huelgan comentarios)—. A su vez, el pulpo había sido despojado de su piel y cocido a un punto de suavidad como pocas veces lo habíamos probado. Y el vitello sabía muy bien. Un festín y solo íbamos por la primera parte.


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Para el siguiente paso nos trajeron algunos de sus platos más emblemáticos: spaghetti en salsa de erizos, osobucco clásico con polenta, ravioles de conejo en salsa de hongos y azafrán y tagliatelle al ragú de pichones. La pasta llegó al dente y cada plato imponía un sabor intenso en las carnes, pero en sabio contrapunto con los aceites de trufa que acompañaban sutilmente cada salsa. Así, el spaghetti con erizos se ubica entre lo mejor que hemos probado últimamente.

Así las cosas, correspondía ahora ir a por los postres. Y a falta de una sola opción, llegaron tres: un semifredo de gianduja, un sorbete de moras envuelto en helado de vainilla y un suflé de chocolate que estaba para salir de puntitas y comérselo a solas. Cada uno en presentaciones que eran pequeñas obras de arte. Un fin de fiesta con mucho estilo. Y el café, por cierto, bastante bueno.

Se entiende que el ambiente clásico, discreto y la buena comida favorezcan el cotilleo entre políticos y empresarios. A nosotros no nos queda otra que seguir informando...



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