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Opinión


11 Abril, 2018.

No todos somos Lula

No cabe duda de que el culto a la personalidad y la inmediatez del populismo son males endémicos.

Germán Jiménez Borra

| Columnista invitado

El último sábado empezó el calvario de Luiz Inácio Lula da Silva o sencillamente “Lula”, quizás el presidente mas carismático que ha tenido Brasil en su historia contemporánea. El exgobernante ha sido sentenciado a doce años de prisión efectiva por las negociaciones corruptas con Petrobras durante su mandato a cambio de prebendas, entre ellas, un lujoso inmueble en Sao Paulo. Este es solo uno de los seis juicios en los que está involucrado Da Silva: hay otros por obstrucción a la justicia, por las facilidades concedidas a la conocida Odebrecht en diversas obras, por sobornos montados de su Partido de los Trabajadores para beneficiarse en contratos públicos y por favorecimiento a una empresa sueca para equipar su fuerza aérea.

Para quienes se rasgan las vestiduras, y argumentan que fue un gobernante que realizó grandes obras y programas sociales para su pueblo, es bueno recordarles que “roba pero hace obra” no es justificación para la impunidad. En política –y sobre todo en la función pública– una mano no puede borrar lo que hace la otra, mucho menos cuando se trata de participación en delitos de alcance internacional.

Y es que Lula con el Partido de los Trabajadores quiso imponer su dominio económico e influencia política a toda la región, financiando campañas a través de Odebrecht y otros consorcios brasileros. La finalidad no era tener aliados políticos sino satélites que girarán en torno a sus intereses, y por un momento casi lo logró: el sueño que tenían tanto Bolívar como Haya de la Torre de constituir una Latinoamérica unida se iba a concretar en una unión que iba a tener como común denominador la corrupción, sumisión y clientelismo. Olvidó algo muy importante, sin embargo: el crimen nunca paga.

Pero, y a pesar de la indiscutible sentencia por corrupción y de los otros juicios que tiene pendientes, Lula goza continua gozando de una popularidad impresionante en su país. No cabe duda de que el culto a la personalidad y la inmediatez del populismo son males endémicos. Muchas veces, el trágico final de un gobernante es producto de la responsabilidad compartida con el ciudadano que con su propio voto se puso en ese aprieto.

Que esto sirva para aquellos que aspiran a incursionar en la política. Preocúpense de recordarle al elector que no todos somos Lula.


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