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No te quiero (pero cuánto te necesito)

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Las comunidades se quejan de abandono y de absoluta ausencia del Estado en la atención de las necesidades más básicas; imaginemos, sin embargo, cómo sería la vida de estos compatriotas si por lo menos no hubiera llegado la minería.



No es el diálogo de una escena conyugal hostil, sino más bien el discurso que las ONG antiextractivas predican permanentemente contra la minería. En efecto, la necesitan para vivir, para ser financiados por aquellos incautos del exterior que limpian sus conciencias haciendo “caridades” en países subdesarrollados. Es fácil criticar desde la otra orilla; no conozco un solo antiminero que haya realizado actividad extractiva en su vida; pienso que ni siquiera tienen la capacidad de imaginar lo compleja y riesgosa que es en tiempo y dinero. Ni se darían en trabajo de intentarlo; están cómodos y bien remunerados.

En este escenario, es muy sencillo manipular y generar discursos de odio. Las comunidades se quejan de abandono y de absoluta ausencia del Estado en la atención de las necesidades más básicas; sin embargo, imaginemos cómo sería la vida de estas personas –peruanos casi abandonados en las zonas alto andinas, alejados de toda civilización– si no hubiera llegado por lo menos la minería. No existirían para nadie; serían un simple número de esos eventuales censos que suele organizar el INEI. Por lo menos la actividad minera les ha dado trabajo y valor a sus tierras, y los ha insertado a la modernidad.

Todo ello con el nefasto agravante de que han sido presa fácil de los aventureros antiextractivistas, que viven de la negación sin dar alternativas viables que les posibiliten un mejor nivel de vida. Sus relatos son de ensueño pero no dan de comer. Son una suerte de mini IDL: secuestran regiones así como esa ONG ha capturado al Ejecutivo, a la prensa y al país.

Celso Sotomarino Chávez –excongresista de la República y con una trayectoria minera impecable– es de la opinión de que las relaciones de la empresa minera Cerro de Pasco Copper Corporation con las comunidades aledañas se deterioraron muchísimo por la desafortunada intervención de la izquierda. Hace exactamente un año expresó: “Al principio las relaciones entre la compañía y su entorno fueron bastante agradables; en el tiempo que trabajé había mucha cordialidad. Sin embargo, posteriormente la insurgencia de un movimiento izquierdista, que en ese momento se reforzó mucho con la llegada al poder de Velasco Alvarado, cambió el matiz y las relaciones se volvieron muy tensas. Fue una influencia política; no porque la gente quiso portarse así, agresiva, ellos fueron inducidos por acción política”.

Las grandes contingencias ambientales de la minería en el Perú se han dado cuando el Estado fungió de empresario. El Gobierno Militar expropió sin ninguna contemplación e hizo actividad minera a pérdida y de espaldas al medio ambiente. Tan es así que cuando Minero Perú y Centromín privatizaron sus concesiones y unidades mineras tuvieron que asumir el costo de remediar y mitigar todas las contingencias de años de años de operación irresponsable. Ello determinó la creación de Activos Mineros SAC, empresa estatal de derecho privado que tiene entre sus obligaciones asumir las citadas contingencias (¡a su ritmo y paciencia, por supuesto!).

Nuestra zona altoandina es muy rica y mineralizada; es lo que nos tocó. No tenemos inmensos campos propicios para la agricultura como Argentina, sino una geografía muy accidentada donde el recurso más valioso está escondido en el agreste subsuelo. Casi el 15% del territorio del país está concesionado pero solo se realiza actividad en menos del 1.5%; la misma es cada vez más complicada y costosa no por la operación misma sino por los incalculables costos asociados producto de comunidades enardecidas y de un Estado ausente.

La minería moderna genera riqueza y no contamina. Desde el primer día tiene que programar e invertir en un plan de cierre ambientalmente amigable, lo cual genera costos difíciles de afrontar en las épocas de vacas flacas. Además, está sujeta a todo tipo de tributos: no solo pagan impuesto a la renta sino que existen muchísimas entidades satélites –llámese OEFA, Osinergmin entre otras– que viven de multarla y exprimirla.

Podrían darse mil explicaciones absolutamente válidas acerca de las bondades de la minería y su capacidad para generar riqueza, pero los antiextractivistas jamás las entenderían. Son unos mercenarios y su prédica solo responde a sus intereses personales y a su capacidad para llenarse los bolsillos. Disfrutan vivir de la miseria del Perú, como toda nuestra izquierda de escritorio.

Dicen que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista: ojalá nuestro país no sea una excepción a la regla.

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