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Opinión


26 Mayo, 2018.

Ni ultrismos ni imposturas

El antiterrorismo aparece como si fuera una ideología o una forma positiva de relacionarnos entre peruanos para descartar a quienes piensan diferente. El principio ético es que todos rechazamos el terrorismo venga de donde venga y debemos recordarlo para que no vuelva.

No se trata de un cuestionamiento académico o conceptual el de quienes atacan como terroristas a todo discrepante con la recreación de lo que sucedió durante las dos décadas de violencia subversiva. El que rechaza el olvido del terrorismo insano y brutal de las organizaciones subversivas pero también de los excesos en el contraataque de las Fuerzas Armadas y policiales. Así sucedió, y ningún olvido o maquillaje de la historia será positivo en el afán de que no vuelva ese drama que todos vivimos.

La intención de atacar a todo discrepante como enemigo –de endilgarle el calificativo de terruco– es eliminarlo o borrarlo del espectro. Porque quieren reinventar o reescribir la historia considerando legítimas todas las respuestas que vinieron de nuestros militares y policías. No es así; la guerra sucia existió: las FF.AA. y la policía recurrieron a ella y así ha sido reconocido. La población civil inocente fue colocada entre dos fuegos y muchos perecieron, víctimas de ambos bandos. La película “La casa rosada” retrata esa situación que muchos no quieren ver y satanizan a quienes la describen o siquiera la mencionan.

El Lugar de la Memoria cumple una función para el equilibrio en la narrativa de lo acontecido. Incluso algunos encuentran su muestra algo edulcorada. No existen imágenes chocantes sobre la magnitud de lo vivido. Dice bien Juan Carlos Tafur que en el LUM no se permite mostrar con mayor crudeza los abismos del horror a los que los peruanos fuimos capaces de llegar en los veinte años que duró la guerra contra SL y el MRTA.

Este lugar es indispensable para la reflexión y para no volver a esa violencia bárbara y fratricida. La democracia no admite ultrismos ni imposturas; menos la intolerancia que contradice toda convivencia pacífica con pleno respeto a los derechos humanos.

El GEIN y también las FFAA lograron después de años combatir el flagelo con éxito con el apoyo de organizaciones sociales como los ronderos –de mayoría quechuahablante–, grandes víctimas de la lucha cruzada de la subversión como de las fuerzas del orden.

El antiterrorismo aparece como si fuera una ideología o una forma positiva de relacionarnos entre peruanos para descartar a quienes piensan diferente. El principio ético es que todos rechazamos el terrorismo venga de donde venga y debemos recordarlo para que no vuelva. Ningún extremo ni impostura construye la paz en democracia.

Menudean los ataques de quienes ponen las emociones sobre las razones; que exhiben su desacuerdo con opiniones violentas y extremas; que rechazan que en las décadas del 80 y el 90 hubo conflicto armado interno. Y el que no lo acepta es terruco, caviar o proterrorista. Todos rojos o rojetes, como dicen, atacando a la izquierda pero también a otros partidos que actúan democráticamente en política, y olvidando que fueron estos partidos los que recuperaron la democracia cuando el fujimontesinismo había tomado el país como botín.

Por eso, junto a la arbitrariedad compulsiva está la complacencia con la malignidad del montesinismo y sus vladivideos que son símbolo de la perfidia y la manipulación. No podemos estar de acuerdo con la emboscada en la política. Nos corresponde asimilar las lecciones dolorosas con lucidez y objetividad si no queremos repetir el drama.


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