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Opinión


2 Octubre, 2018.

Necesitamos transparencia, antiparasitismo y una retribución decente

Ya decía Ramón y Cajal: “En política todo necio es peligroso mientras no demuestre con hechos su inocuidad”.

La avalancha de candidatos que se han presentado en estas próximas elecciones es escalofriante. Desafortunadamente, una importante mayoría lo hace por codicia y ansias de poder; y la vocación de servicio es un bien cada vez más escaso. Esto me recuerda al filósofo español José Luis López Aranguren, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, quien al analizar el perfil de aquellos que viven de la política afirmaba: “Todo en ellos consiste en permanecer; es decir, mantenerse contra viento y marea en el ejercicio del poder […] En ello comprometen la hacienda y la vida, incluso el honor, su ambición de poder; forma parte de su ADN”.

Tres temas me preocupan:

UNO. Muchos candidatos no son transparentes en sus hojas de vida y las entidades electorales no son capaces de detectarlo preventivamente, a pesar de que la prensa ha alertado hasta la saciedad sobre esta situación. Me pregunto si es por temor o incapacidad. Esta falta de atención es un espaldarazo a la impunidad; postulantes con trayectoria cuestionada salen fortalecidos y se las juegan. Pensarán que ganar el poder y nuevos recursos les permitirá sortear la adversidad.

DOS. Supuestamente, prohibir la reelección es una de las formas de penalizar y evitar sistemas políticos corruptos. Sin embargo, para que sea eficiente hay que optimizar la ley: esta debe ser más rigurosa e impedir el acceso a todo cargo de elección popular en forma inmediata posterior, haciendo extensiva la prohibición a los familiares en segundo grado de consanguinidad y afinidad. ¿Draconiana? Quizás; pero a mi juicio es la única forma de promover una verdadera renovación y evitar que los ciudadanos vivan profesionalmente de la política. Por ejemplo, hoy con la bicameralidad aprobada la nueva Cámara de Senadores estará copada, más que seguro, por los actuales congresistas. Algunos de cal, muchos de arena.

TRES. Un gobierno ineficiente y corrupto le cuesta más al país que un excelente salario. Sobre esa base, la retribución de los cargos de elección popular y aquellos de sus más cercanos colaboradores tiene que ser por montos razonables que les permitan vivir con holgura. De lo contrario, debemos exigir que los candidatos demuestren que cuentan con solvencia y/o rentas que les permitan mantener su nivel de vida durante la gestión. Esto último tampoco es una garantía absoluta (PPK es el mejor ejemplo de la codicia), mas resulta el mejor escenario para prevenir funcionarios corruptos.

Admito que lo anterior podría ser difícil de implementar y ser calificado de discriminatorio. ¿Cuántos peruanos honestos hoy pueden vivir solo de sus rentas? Muy pocos. De todas maneras, el tema del salario es solo decisión y buen criterio. Por ejemplo, en Singapur, donde la delincuencia se paga con la vida, los sueldos de los ministros son muy altos y están vinculados al crecimiento del PBI: aumentan cuando la economía arroja buenos resultados o se reducen proporcionalmente. ¡No se atreven a robar!

Preocupa el populismo de aquellos gobernantes como López Obrador en México, que ha ofrecido recortar su sueldo en 50% –lo cual no es ninguna garantía de buena gestión– o aquí en el Perú, en el nuevo distrito de Megantoni (provincia de La Convención, Cusco) que percibe cerca de 200 millones anuales por canon: el alcalde solo será remunerado con s/. 2340 al mes. ¿Y con ese sueldo va a manejar ese presupuesto? ¡De locos!

Ya decía Ramón y Cajal: “En política todo necio es peligroso mientras no demuestre con hechos su inocuidad”. Bueno, tales incoherencias y distorsiones podrán ser campo fértil para solapar la necedad, pero nunca para perdonarla o dejar de combatirla.


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