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Opinión


1 Marzo, 2018.

Muerte al aporte privado

Revelaciones de Barata exhiben el drama universal de hacer política con recursos millonarios.

César Campos

| Columnista

Todos anticipamos que las respuestas del ex CEO de Odebrecht en el Perú, Jorge Barata, a las interrogantes del equipo especial del Ministerio Público encargado del lavado de activos removerían nuestro ya bastante frágil tablero institucional. Más aún si daba detalles de cómo su empresa brindó asistencia económica a las campañas electorales de los principales líderes políticos del país en los últimos años.

Marcelo Odebrecht había adelantado lo genérico. Barata se ocuparía de lo específico. La sorpresa únicamente podía edificarla los nombres de quienes recibieron el dinero. Al saberse esto, todos empiezan a jugar su propio partido: los que estaban embarrados (porque no querían aparecer solos en la estampita), los que se vanaglorian de no ser nombrados (pese a que integrantes de su entorno sí habrían sido los receptores), los que no están embarrados ni fueron nombrados porque son advenedizos o no se investiga aún a profundidad otras fuentes sospechosas de financiamiento. Y muchos más.

Con este cuadro, se materializa lo que el analista político Juan de la Puente califica como “el sueño del Barata propio”. Es decir, una versión de Barata a la medida de los intereses de cada quien. O como lo señala el colega Armando Canchanya: “Los medios escogiendo siempre a quién le pegan más. Las declaraciones de Barata según convenga usar contra su enemigo”.

Es bueno ir arribando a detalles. Ya determinará la justicia los grados de compromiso con lo ilícito de cada uno de los actores. Lo malo es perder de vista el origen de la tragedia: la enorme dependencia que los partidos políticos tienen hacia el capital privado.

Con Odebrecht no nace el cordón umbilical entre los intereses de una empresa y los aspirantes al poder público. Como se sabe, esto se desarrolla en paralelo desde el origen de nuestra república. Tampoco es patrimonio nacional; pasa en todas partes pero muchos países ya se sacuden de esta práctica. Esa relación, sin embargo, cada vez se ha estrechado más en Perú haciendo de cada campaña para la presidencia, el Congreso, los gobiernos regionales y locales, una exhibición de derroche millonario.

Candidatos en aviones, paneles gigantes, acarreo de manifestantes en decenas de vehículos, pagos a medios de comunicación por espacios de propaganda, desfile de publicistas (nacionales y extranjeros) cada cual más caro que el otro. Estas “urgencias” se cubren con el dinero de quienes luego pasan la factura en las adjudicaciones de obras públicas y licitaciones.

Con todo eso hay que terminar. Hago mío lo que el dirigente del PPC Jorge Villena propone al respecto: “Nuestro sistema político-electoral tiene como factor diferencial al dinero. Las campañas cuestan muchísimo, tanto, que acaban vendiendo su alma al diablo por ganar […] Hay que alejar la política del dinero para acercarla a la gente. Nuestro país tiene demasiados partidos que no representan a un sector de la sociedad, solo representan la capacidad económica del dueño. Hay que reducir el número de partidos, elevar las vallas. Debe estar prohibida la publicidad exterior: paneles, carteles, pasacalles, pintas, avisos, spots. Como es en gran parte del mundo. Este circo publicitario solo beneficia a los medios de comunicación y a los pocos candidatos que tienen la plata para pagar TV y Radio. La campaña debe ser financiada con fondos públicos, a todos por igual. Ni un sol más, ni un sol menos. Cuando todos tengan el mismo presupuesto y el mismo tiempo en medios, la diferencia ya no será la plata, sino las propuestas, el contenido, la movilización de sus bases”.

Y también suscribo lo que el exjefe de la ONPE, Fernando Tuesta, señala cuando dice que hay una historia repetida de cómo el dinero se come la política. “El problema es que es la historia donde nunca hay empacho”, puntualiza Tuesta. Hagamos causa común entonces para ponerle fin a esta bacanal del aporte privado a las campañas electorales.


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