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¿Muera Sansón con los filisteos? 

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Urge, por el bien de la democracia y el equilibrio de poderes, una cumbre entre las fuerzas políticas representadas en el Congreso para poner fin a esta lucha absurda de acusaciones a diestra y siniestra, y para conciliar una agenda común que salve al Parlamento de los escándalos. Si hay trapos sucios, que se laven en casa.



Mientras que el Poder Ejecutivo ha dado un paso importante para revertir la tendencia de 10 puntos de caída en dos meses en la aprobación de la opinión pública con el nombramiento de un nuevo premier y gabinete, el Congreso atraviesa una nueva crisis de credibilidad en razón de las múltiples denuncias que se ciernen sobre varios de sus representantes y que han acaparado –y acaparan– las primeras planas y los headlines de los medios de comunicación.

En ese sentido no es muy difícil adelantarse a los resultados que arrojen las próximas encuestas sobre la aprobación del primer poder del Estado, en comparación con las que resulten del presidente de la república y el Ejecutivo. El Congreso venía haciendo un lento control de daños gracias a un cambio en el estilo de conducción y a la percepción de que los parlamentarios se habían “puesto las pilas” para sacar adelante una serie de reformas a pasos forzados. Pero ahora todo lo que el Congreso logró hacer de positivo con una mano se está borrando con la otra, pues se ha desatado una sórdida guerra de todos contra todos por el poder. En ella empiezan a salir toda clase de sindicaciones (ciertas o falsas), que embarran a unos y a otros por igual ante los ojos del electorado.

Esta lucha fratricida pone al Congreso nuevamente a tiro de cañón del Poder Ejecutivo o, a prueba de tontos, la representación nacional se está poniendo solita la soga al cuello. Porque hay que ser bien claros: en la medida de que deje de representar a la nación más que en el papel de la Constitución el Congreso podrá ser desechado por cualquier ambicioso –con la aclamación de los mismos electores– como un zapato viejo antes de que se cumpla su mandato. Eso es lo que esperan precisamente el Ejecutivo y varios de sus corifeos mediáticos, “académicos”, “culturales” y de la “sociedad civil”, que buscan romper definitivamente con la correlación de fuerzas actual todavía dominada por el keikismo con casi 60 votos.

Si esto llegara a suceder entonces no habrá poder por el que luchar; porque no habrá Congreso y, además, ninguno de los que están hoy sentados se podrá reelegir. Al menos que la lógica sea “¡Muera Sansón con los filisteos!” y el techo del Congreso caiga sobre los ciento treinta que hoy se empeñan en derribar las propias columnas que albergan sus curules en la Plaza Bolívar. Urge entonces, por el bien de la democracia y del equilibrio de poderes, una cumbre entre las fuerzas políticas representadas en el Congreso para poner fin a esta lucha absurda de acusaciones a diestra y siniestra y conciliar una agenda común que salve al Parlamento de los escándalos. Si hay trapos sucios, que se laven en casa. Eso es mejor, definitivamente, que la muerte de Sansón con los filisteos.

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