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Opinión


10 Febrero, 2018.

Ministro, sufre conmigo

Es hora de revisar protocolos sobre qué autoridades merecen el privilegio de abrirse paso con liebres, circulinas y patrulleros en las calles del país.

César Campos

| Columnista

La costumbre (junto a la ley, la doctrina y la jurisprudencia) es fuente del derecho. Sin embargo, en el Perú la mala costumbre también lo es. Y el escenario más patético de esas malas costumbres son las aceras y calzadas.

Donde el sentido común nos indica caminar por el lado derecho para que quienes vienen en sentido contrario lo hagan por la izquierda, cada compatriota toma la vía que le da la gana, generando congestiones y rozamientos físicos innecesarios. Me gustaría que todos esos peruanos experimentaran transitar a pie por la calle Florida de Buenos Aires o la Gran Vía de Madrid, o cruzaran alguna vez la esquina de la estación de Shibuya en Tokio (dos millones y medio de personas lo hacen a diario). Se darían cuenta de nuestras malas costumbres. Me extendería mucho si comparo el uso de las escaleras mecánicas en diversas partes del mundo.

Igual pasa con el tránsito vehicular. Tracklink Octo, empresa de seguridad vial y tecnología para la reducción de accidentes, realizó un estudio en más de 10 mil vehículos particulares a nivel nacional durante los años 2016-2017, revela Publimetro. Y según la publicación, se calificó su estilo de conducción de 0 a 10. El 60% de los conductores recibieron menos de 7 puntos, la nota mínima aceptable para ser aprobados. “De los 38 países que hemos analizado, hemos detectado que Perú es el país con el menor desempeño”, indicó Lorenzo Giordanelli, director de Tracklink Octo, y agregó que no se trataba de un problema de infraestructura vial ni de normativa, sino de la propia actitud de los conductores (manejo en forma agresiva, exceso de velocidad, imposición de reglas propias ajenas al Reglamento Nacional de Tránsito, etc.)

Pero lo peor de todo es que las mismas autoridades del país se suman al ranking de las malas costumbres. Una de ellas y que en verdad sufrimos los conductores de Lima, es la de los señores y señoras ministros, junto con algunos jefes de organismos públicos, que nos imponen que les abramos paso para que lleguen a tiempo al lugar de su destino. Ese amenazante ulular de sirenas al que —en caso de que tengamos dificultades para desplazarnos a la izquierda o derecha, o simplemente no la hayamos detectado— se agrega una potente voz exigiéndonos de mala manera abrirle el camino a su jefe, es intolerable y nada digno de una verdadera democracia.

No sé en verdad cuándo nació exactamente esa mala costumbre de sobrecargar los privilegios de los ministros y jefes de organismos para circular en sus autos. Lo entiendo en los casos del presidente de la República y de los titulares de los otros poderes públicos (Legislativo y Judicial). Hasta principios del siglo XX, existía incluso la sana tradición de ver al primer mandatario de la Nación caminar desde Palacio de Gobierno hasta su residencia particular a la hora del almuerzo. Así mismo, me explico que en tiempos de la asonada terrorista, se redoblara la seguridad para los ministros luego de que coches bombas estallaran frente a sus despachos e incluso en la misma plaza de Armas, como ocurrió en 1984 (segundo gobierno de Fernando Belaunde) durante la visita oficial del presidente Argentino Raúl Alfonsín. Esa seguridad incluía lograr su veloz desplazamiento para que no sean blanco de un ataque artero.

Pero esa época pasó. La amenaza objetiva no existe. Y si sumamos a ello el crecimiento exponencial del parque automotor sin la correspondiente infraestructura vial (igual que el mantenimiento de áreas enrejadas que impiden pasar por innumerables urbanizaciones), molesta que un ministro o un jefe de organismo no se moje como nosotros con el tráfico limeño. Molestia que se duplica cuando su seguridad nos pide cederles alegremente nuestra ya difícil posición en las interminables filas de las calles y avenidas capitalinas.

Lo ocurrido con el policía que permitió circular una comitiva ministerial antes que una ambulancia no debe cargar las tintas sobre el efectivo del orden. La verdad es que el pobre carece de un protocolo preciso sobre el particular. Su criterio elemental (o descriterio) le ordenó priorizar la necesidad del ministro(a) antes que la del enfermo que iba en el vehículo de la salud.

El tema de fondo es mantener esa absurda norma-costumbre de abrirle paso a un miembro del Gabinete solo por serlo, como si el resto de peruanos no tuviéramos el mismo apuro, fuéramos marcianos o de otra categoría.

Ministro, sufre conmigo el apremio de transitar por Lima. Eso te hará más humano.


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