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Opinión


2 Abril, 2016.

Mi voto

Quien elijamos debe hablarle a todas las sangres del Perú.

Jorge Secada

| Columnista invitado

No necesito repetir las razones por las que considero que quien sea heredero político de Alberto Fujimori no debe ser nunca presidente del Perú.

Keiko Fujimori tiene el lugar que tiene porque es su hija, porque es y ha sido su representante política. Si realmente asumiera los crímenes de su padre, pediría perdón y se alejaría de la luz pública. Por ella o por quien de alguna manera represente a su padre, no votaré jamás.

Tampoco puedo votar por quien ve la presidencia del Perú como un asunto de gestión empresarial, por quien cree que el desarrollo de mi patria es cuestión de crear un gran mercado capitalista, libre y equitativo pero mercado al fin. No votaré por quien en algún momento prefirió ignorar los crímenes de Fujimori antes que darle una oportunidad, riesgosa pero en su momento real, a nuestra historia, y ahora ofrece sacha kambio para continuar administrando un Estado excluyente.

Por todo eso no votaré por Kuczynski. No tengo razones para pensar que no es un hombre honesto con buenas intenciones. Pero para ser mi presidente no basta con tener experiencia en gestión pública. Y para mi país quiero mucho más que lo que ofrecen sus buenas intenciones.

Cuando veo las propuestas de PPK sobre educación, veo énfasis en inversión y tecnología, pero veo también falta de imaginación y coraje. Coraje para enfrentar el legado de Alberto Fujimori: un legado mercantilista de horror y espanto, un cáncer que está destruyendo todas nuestras universidades. Y falta de imaginación para reconocer que lo mucho que hemos mejorado en los colegios no basta para tener una educación que combine excelencia con verdadera inclusión.

Por todo eso, mi voto será para quien le hable a las múltiples sangres del Perú, para quien quiera refundar nuestro Estado y crear una patria grande, donde todos los peruanos tengan voz e igualdad de oportunidades y de derechos efectivos.

Lamentablemente, no tengo confianza en la capacidad del Frente Amplio para llevar a cabo esa transformación que necesitamos. Y eso es por razones que van desde lo más filosófico hasta lo más concreto y práctico.

No se me ocurre descalificar a nadie por sus creencias de juventud. Para mí, el problema con muchos amigos del Frente Amplio no es lo que pensaron, sino lo que piensan.

El marxismo fue una perversión del socialismo. Lo fue en la teoría y en la práctica. Y lo fue consistentemente y desde sus orígenes. El quehacer humano no es obra ni objeto de ciencia alguna. ¿Con qué derecho me puedo ungir en vanguardia iluminada, en pensamiento guía, en conciencia de mis hermanos?

Ya se lo dijo hace casi un siglo el príncipe Kropótkin a Lenin: quien no valora a cada persona, quien instrumentaliza a un solo ser humano, no puede designarse socialista sin corromper el término. Solamente la denuncia sin peros ni matices del marxismo —de esa larga y oscura noche— puede ser origen del renacimiento del pensamiento político socialista, el pensamiento que abonaron Tomás de Aquino y Las Casas, Proudhon y Tolstoi.

Al poder que corrompe no se le combate con más poder que corrompe. El control de precios, los atisbos de control (aunque sea mínimo) de la absoluta libertad de expresión, la denuncia desinformada y sin inteligencia de la minería, nada de eso es deseable ni en principio ni en sus efectos. Proponer el uso del aparato de un Estado excluyente, inefectivo y corrupto como vehículo del cambio es muestra de la orfandad de ideas que aqueja al Frente Amplio.

Dudo además de su capacidad de convocatoria, sin la que no podría gobernar. Los procesos históricos son de muy largo plazo: después de la revoluciones siempre vienen las restauraciones. Los cambios que quiero para mi país nacerán de su pueblo en libertad y no impuestos desde arriba.

Mendoza ya dio muestras de incapacidad para gobernarnos al comprarse un pleito gratuito con la Iglesia Católica. Nuevamente recurro a lo que tengo más cerca: ¿conoce Mendoza lo que hace la Iglesia por la educación en el Perú? ¿Conoce los colegios de Fe y Alegría, centros educativos que demuestran que la excelencia es posible sin el incentivo del mercado? ¿Piensa cerrarlos o pasarlos a gestión directa del Estado?

Proponer el Perú como doctrina no es un eslogan vacío. Votaré por quien sueñe con un país diferente, inclusivo y justo, un país de oportunidad, bienestar y justicia para todos, una patria grande que honre su historia y su riqueza humanas. No votaré por quien sospeche corrupto. Al contrario, votaré por quien ofrezca salir más pobre de Palacio que cuando entre y esté dispuesto a ser transparente con todas sus finanzas personales.

Finalmente, votaré por quien crea más capaz de convocar a todos los que estén dispuestos a trabajar por el país, sin otra consigna que la de tener como compromiso primero y último a los pueblos del Perú.


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