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Opinión

Mi amigo, el Héroe de la Pacificación Carlos Cieza Castellano

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Gracias a hombres como él y a tantos otros, muertos a manos de la insania terrorista, se talló en sangre un "no pasarán" hasta la victoria final.



Carlos Cieza Castellano fue reconocido como Héroe de la Pacificación por su sacrificio a través de la vía de acción de armas un 10 de noviembre de 1984. Como capitán de corbeta de nuestra Marina de Guerra, pasó a la gloria en Ayacucho cinco días después de cumplir 31 años.

Por esa época tuve el honor de alzar mi voz para expresar el reconocimiento a esa entrega que solo los valientes son capaces de realizar. Se trató del homenaje que un puñado de amigos de nuestra alma máter decidió tributarle y para el cual se tuvo que tomar medidas de seguridad extremas. Tal era el estado en que vivía la sociedad peruana: la gente común y corriente llevaba una vida bajo una apariencia de normalidad que escondía el temor de no ver regresar a los hijos sanos y salvos cualquier noche.

Mientras tanto, en el interior seguían apareciendo columnas bien armadas con dinero de los cupos, del narcotráfico y de algunos agentes de gobiernos extranjeros, que tomaban los pequeños poblados y asesinaban a sangre fría a pobladores, autoridades locales y religiosas y a cualquiera que se negara a colaborar con la instauración de la prédica maoísta, bajo el llamado juicio popular (que no era otra cosa que sindicación a punta de armas). Y en Lima, la clase política se encontraba atada a discusiones bizantinas —a la manera del inepto De la Jara— y en medio de las cuales gran parte de los sectores de izquierda (no toda, es cierto) guiñaba el ojo esperando sacar ventaja de cualquier desenlace.

Gracias a hombres como mi buen amigo Carlos y a tantos otros, muertos a manos de estos insanos, se talló en sangre un “no pasarán”  hasta la victoria final.

Hoy vemos que esos sectores termocéfalos han orientado sus tácticas hacia el servilismo al neomarximo frankfurteano, que busca debilitar nuestra voluntad de mundo libre, tratando de alejar de los pueblos la presencia del Estado, de fomentar así la pobreza y explotar la consecuente insatisfacción que genere nuevas condiciones para el asalto final. Un asalto del cual nunca se arrepintieron.

Todos los conocemos. Bailan en partidos, universidades y medios. Caviares que se agazapan usando las libertades en su provecho. A decir de Coriolano, en pluma de Shakespeare: “Son como el dedo gordo del pie; hinchados allá abajo siempre tratando de sacar ventaja”

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