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Opinión

México y la intervención

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Habrá que confiar en que el presidente mexicano Andrés López Obrador no se distancie diplomáticamente de las veinte democracias americanas y treinta y ocho europeas que con gran esfuerzo han tendido un cerco a Maduro.



Tras pocas semanas de asumir el cargo de Representante Permanente del Perú en la OEA (1986-1987), los medios de comunicación informaron que en Haití bandas paramilitares habían ultimado a balazos a pacíficos ciudadanos que esperaban su turno en los centros de votación. Los malhechores actuaron a rostro descubierto, sin temor a ser identificados, porque cumplían órdenes del gobierno y, en consecuencia, no solo estaban protegidos, sino que serían recompensados por sus fechorías.

Se vivía los estertores de las dictaduras de los Duvalier, padre e hijo, Papa Doc y Baby Doc, que gobernaron con mano de hierro y extrema crueldad esa isla caribeña durante treinta años –de 1957 a 1986– protegidos por brigadas criminales, los temibles ‘tonton macoutes’, responsables de 150 mil asesinatos y otros delitos de lesa humanidad.

Para analizar las implicancias de esos hechos, nos reunimos los embajadores latinoamericanos acreditados ante el Consejo Permanente de la OEA en un cónclave de resultado decepcionante, porque a pesar de nuestra insistencia resultó imposible alcanzar un acuerdo para aprobar una declaración firme contra el régimen haitiano y demandar sanciones por sus fechorías. No se pudo lograr porque el embajador mexicano, Antonio de Icaza, diplomático culto y de alta calidad profesional, se opuso tenazmente esgrimiendo el “principio de no intervención”, como hoy hace el presidente Manuel López Obrador, también contrario a censurar al gobierno ilegal y genocida de Venezuela.

Entendemos la sensibilidad mexicana a este tema, ya que a lo largo de su convulsionada historia han sufrido numerosas intervenciones armadas.

En 1838, respondiendo al reclamo de sus compatriotas para que el gobierno de México los indemnicen por daños causados por las luchas revolucionarias, Francia movilizó primero diez buques de guerra y después otros veinte barcos que bloquearon el Golfo, bombardearon el fuerte de San Juan de Ulúa y desembarcaron en el puerto de Veracruz, donde permanecieron siete meses. En 1846, Estados Unidos y México se declararon la guerra, y los norteamericanos –que contaban con un poderoso ejército y armada– resultaron vencedores y se anexaron 2 100 000 km2 de territorio.

En 1861, Inglaterra, Francia y España acordaron intervenir militarmente en Mexico exigiendo la cancelación de los empréstitos: sus tropas llegaron a ocupar hasta la capital; luego Inglaterra y España se retiraron y dejaron que Francia se hiciera cargo de la reivindicación monetaria. Por ello, Napoleón lll designó emperador de México al archiduque de Austria, Maximiliano de Habsburgo, que gobernó de 1864 a 1867, año en que fue fusilado.

En 1914, nuevamente Estados Unidos invadió México, tomando el control del Puerto de Veracruz, para bloquear la llegada de un cargamento de armas que pretendía usarse contra el Gobierno constitucional de Venustiano Carranza.

A pesar de los antecedentes referidos, todos ellos graves, hoy resulta absurdo pretender aplicar el principio de no intervención contra un gobierno de rufianes que está destruyendo Venezuela. Recordemos –como sostuvo Andrés Openheimer– que en 1939 el presidente Lázaro Cárdenas rompió relaciones diplomáticas con el régimen español de Francisco Franco y que los mandatarios Luis Echeverría y López Portillo hicieron lo mismo con las dictaduras de Pinochet en Chile y de Somoza en Nicaragua, en 1974 y 1979, respectivamente.

Habrá que confiar, pues, en que López Obrador siga esa línea democrática porque de no hacerlo se habrá distanciado diplomáticamente de las veinte democracias americanas y treinta y ocho europeas que con gran esfuerzo han tendido un cerco a Maduro.

No intervención, en suma, no es sinónimo de indiferencia o insensibilidad, ni menos prestarse a que el gobierno venezolano se pavonee internacionalmente expresando que cuenta con el respaldo mexicano y colocando a ese país en la misma línea de Cuba, Nicaragua, Bolivia, Corea del Norte e Irán.

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