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Opinión


10 Marzo, 2017.

Más allá de Phillip Butters

La inusitada arremetida contra un periodista como Phillip Butters, y su posterior despido del medio donde trabajaba, es un hecho que tiene una peligrosa segunda derivada que trasciende a la esfera personal.

Debo coincidir en un porcentaje significativo con lo que Butters plantea, en general, de lo poco que lo he escuchado. Porque debo decir que nunca escuché su programa radial, de modo que sé lo que piensa por retazos de declaraciones. Y no lo escuché porque la radio no me va desde que televisan todos los partidos de fútbol que me importan.

No obstante, hay cosas en las que no estamos de acuerdo. Hasta él es de la “U” y yo del Cristal. Irreconciliables en ese ámbito.

En otros, tenemos coincidencias como también diferencias. Incluso hemos polemizado en un debate organizado por un partido político. Tenemos, además, estilos diferentes de comunicación.

Más allá de esto, Phillip me simpatiza, en lo personal. Lo considero un tipo talentoso, inteligente y un muy buen comunicador. Sin embargo, no suscribo lo que expresó en declaraciones a propósito de la marcha #ConMisHijosNoTeMetas. Especialmente, cuando terminó el mismo metiéndose con los hijos de otros.

A Butters se le puede atacar en lo que expresa. Claro, él mismo se puso al frente de un micrófono a hacer política. Y la política siempre trae adeptos y adversos.

Hasta aquí, bien. ¿Pero qué ha ocurrido con Butters? Lejos de atacar sus ideas o plantear un debate a partir de las mismas, sus odiadores —ya no adversos u opositores solamente— decidieron pedir que salga del medio de comunicación en que laboraba. Bueno señores, eso se llama coactar la libertad de expresión.

Y esto es lo que realmente me preocupa. Me dicen algunos que no es libertad insultar a otros. ¿Ah, no? ¿Han leído las columnas de ciertos analistas que llaman brutos, ignorantes, ladrones, corruptos, asesinos y demás a gente contra la que no pueden exhibir ninguna prueba? ¿Han visto los carteles de ciertas marchas donde acusan a políticos de “genocidas” y “narcotraficantes”? ¿Esos no son insultos? ¿También hay que prohibirles expresarse? No lo creo.

La libertad tiene varios filos. Uno no defiende la libertad solo para lo que le gusta. También lo hace para lo que no le gusta. ¿No es eso, por ejemplo, lo que defiende la plataforma LGTB? Y tienen razón, por cierto. Pero tolerar y respetar no es aceptar ni adherir. No a todos nos puede ni nos tiene que gustar lo mismo. Por eso, el problema de fondo —la segunda derivada— es que va quedando claro que nadie puede salirse del carril. Y que, si quiere uno hacer periodismo en el Perú, incluso periodismo de opinión, tiene que adscribirse a la línea de los que ponen el dinero en los medios, antes que a su propia conciencia.

Clamar por el despido de un comunicador simplemente porque no nos gusta lo que expresa es actitud de cobardes, en especial, si para ello se articula toda una maquinaria de bullying mediático y de redes sociales. Y no es que quienes esto exigen defiendan el respeto o las buenas formas de expresión. Ya le están armando el mismo bullying a un decano universitario y columnista de opinión pidiendo exactamente lo mismo —es decir, que lo despidan— cuando en este caso este señor no ha insultado a nadie y ha expresado simplemente un punto de vista respecto de un tema polémico como la inserción de la ideología de género en el sistema educativo peruano.

A un periodista se le puede combatir, rechazar, repudiar incluso. Pero ¿qué hacer sobre ello? Lo primero, no lo leas, no lo escuches, no lo veas. Yo no leo a más de tres o cuatro columnistas peruanos, solo veo dos canales de noticias locales y un solo programa televisivo dominical de política. Ninguno de radio.

Ejerzo mi libertad y dejo que aquellos a los que no veo también ejerzan la suya. Pero cuando a un periodista se le saca de un medio y empresas mercantilistas que solo miran el número de clientes se prestan a un inmundo juego de silenciamiento, no puedo sino sentir que son estas horas sombrías para la libertad de expresión en mi país. Y me avergüenza y me preocupa que ocurra cuando nos jactamos de que vivimos en un orden social de libertades y en democracia.

A Butters, por supuesto, con este ataque, lo han convertido en político elegible y, si le da la gana, se ha convertido con mínimo esfuerzo en congresista o se postula a una alcaldía o a una presidencia. Ese es su ámbito personal. Pero, más allá de Phillip Butters, el trasfondo de las sombras sobre la libertad de expresión es lo más inquietante para el país: se ha instalado un totalitarismo de nuevo cuño.

Es un totalitarismo de las ideas. Un totalitarismo del pensamiento único. Es tiempo de renovar la lucha.


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