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Opinión


8 Mayo, 2018.

Martín Vizcarra, Lyndon Johnson y Gerald Ford

Lo que hay que esperar siempre en la democracia de una presidencia nacida en circunstancias en que se opera una sucesión constitucional, por renuncia o muerte del titular a mediados de su mandato, es muy simple: evitar la anarquía, estabilizar al país y preservar la democracia. Nada más y nada menos.

El jefe del Estado hizo el primer domingo de mayo un road show de entrevistas en distintas plataformas informativas, destacando la televisiva concedida al programa Panorama que conduce y dirige la colega Rosana Cueva. El presidente de la república pidió seis meses de tregua política pues eso es lo que se infiere de su afirmación de que a fin de año se empezarán a ver los resultados de su gestión y de la de su primer ministro César Villanueva.

El tono de Martín Vizcarra fue de gran optimismo y exhibió buenas dotes de comunicador que, en su caso, pasan por transmitir esperanza a los peruanos, desilusionados de la clase política luego de la ignominiosa caída de PPK. El perfil de un hombre correcto y bien intencionado que no está pensando en la reelección (a la que podría aspirar, pues asumió la presidencia por renuncia del titular) es la percepción que hasta el día de hoy lo acompaña, y que es uno de sus mayores activos.

He escuchado a muchos políticos, analistas y hombres de empresa solicitar al jefe del Estado grandes reformas en el aparato estatal, así como –de acuerdo con sus intereses– cambios profundos en materia económica con el fin de reactivar la economía y la inversión pública y privada, y de igual manera la política de redistribución de la riqueza. Esta es una visión profundamente equivocada y naif de las circunstancias del mandato de Martín Vizcarra. Si a Pedro Pablo Kuczynski (que asumió la presidencia por 50 mil votos de diferencia) no se le podía pedir mucho dada su minúscula representación parlamentaria, menos se le puede pedir al presidente que lo sucedió circunstancialmente –casi a la mitad de su mandato– que haga más que su antecesor… teniendo en cuenta además que “su” bancada es, en realidad, su quinta columna.

El caso de Martín Vizcarra tiene las obvias similitudes con presidencias nacidas en parecidas circunstancias. El mandato de Lindon Baines Johnson, quien como vicepresidente sucedió a John F. Kennedy tras su asesinato, es uno de esos ejemplos. Johnson asumió la presidencia de los Estados Unidos en el avión que llevaba de Dallas a Washington los restos del malogrado Kennedy. Nadie esperaba de él otra cosa que terminara el mandato del difunto y que esclareciera el asesinato. Solo cuando Johnson, desde la todopoderosa presidencia de los Estados Unidos, lanzó su candidatura para su primer período como presidente salido de las urnas fue que tuvo el poder para delinear una nueva política a la que llamó The Great Society, para diferenciarla de la Nueva Frontera de su antecesor. El fracaso de su presidencia hundida en la guerra de Vietnam lo llevó, en una decisión sin precedentes, a no buscar la reelección en 1968.

El otro caso con similitudes al de Vizcarra es el de Gerald Ford, sucesor de Richard M. Nixon como presidente de los Estados Unidos. Nixon renunció en 1974 –el primer y único presidente que lo ha hecho en la historia de ese país– tras el escándalo de Watergate. Ford ni siquiera fue electo con Nixon en la balota de votación. Spiro Agnew, el vicepresidente de Nixon, también tuvo que renunciar antes que él por un feo escándalo de evasión tributaria. Ford era apenas el presidente de la Cámara legislativa y como tal asumió la presidencia.

Al igual que Johnson con Kennedy nadie esperaba de Ford otra cosa más que terminara el mandato de Nixon, y que lo investigara sancionara por sus faltas y delitos. Ford hizo todo lo contrario. Le otorgó a su antecesor un perdón general por todos sus crímenes. Esto escandalizó a América. Ford quiso entonces, al igual que Johnson, conseguir su propio mandato y en 1976 se postuló a la presidencia de los Estados Unidos. Esta vez no tuvo la suerte de Johnson en 1964. El indulto a Nixon le pasó factura y fue derrotado por un provinciano de Georgia y cultivador de cacahuates: Jimmy Carter.

Así las cosas, lo que hay que esperar siempre en una democracia de una presidencia nacida en circunstancias en que se opera una sucesión constitucional por renuncia o muerte del titular a mediados de su mandato es muy simple: evitar la anarquía, estabilizar al país y preservar la democracia. Nada más y nada menos. Cualquier otra cosa es pedirle peras al olmo.


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