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Marilú y Mundo Libre

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Con motivo del Día de la Mujer, me he animado a escribir sobre la labor humanitaria que mi esposa desarrolla --casi silenciosamente-- desde hace 36 años rehabilitando a centenares de niños y niñas de la calle (algunos menores de diez años de edad) consumidores de drogas y/o explotados sexualmente.



Con motivo del Día Internacional de la Mujer, varios amigos me solicitaron que escribiera un artículo sobre la labor humanitaria que desarrolla casi silenciosamente mi esposa Marilú desde hace 36 años, rehabilitando a centenares de niños y niñas de la calle (algunos menores de diez años de edad) consumidores de drogas y/o explotados sexualmente.

Escribe sobre su trabajo, sugirieron. Muchas veces lo pensé, pero por ser mi compañera –y para evitar darle alguna connotación política a su labor al frente del Instituto Mundo Libre– no lo hice. Lo hago ahora, sin embargo, recordando que cuando era ministro de Justicia y Marilú presidía el Comité de Damas una mañana ingresó abruptamente a mi oficina, conmovida al conocer que en Tingo María los narcotraficantes utilizaban niños pobres de la calle como distribuidores de drogas.  Les pagaban con pasta básica, convirtiéndolos en adictos.

De cuando en cuando el cadáver de una de esas criaturas aparecía muerta, flotando en el río, con el rostro color verdusco y por eso las crónicas periodísticas los llamaban “niños verdes”.

De inmediato, una delegación del ministerio viajó a Tingo María acompañada por Lucha Cuculiza –eficiente y prestigiada funcionaria del Inabif–, quien trasladó a varios menores a un albergue en Huánuco. Ante la gravedad de los hechos iniciamos la primera campaña nacional contra el consumo de estupefacientes. A los pocos días, Marilú, organizadora del programa, ingresó sonriente a mi despacho con un cartel que decía “A la droga, dile NO”, un slogan que impulsaron los medios de comunicación al mismo tiempo que pusimos en marcha una campaña de sensibilización para alertar a padres de familia, profesores y alumnos sobre los efectos devastadores de la drogadicción. Ese fue el inicio de un trabajo hermoso y ejemplar.

Más adelante alquiló un garaje en Jesús María; luego, el segundo piso de una antigua casona de quincha en Barranco para albergar y rehabilitar a niños de la calle fármacodependientes. Una tarea extraordinaria que se hizo realidad gracias al apoyo de diversas personas e instituciones, y a una importante partida del gobierno norteamericano que, lamentablemente, ha sido suspendida hace ocho años.

Sin embargo, avanzó a paso ligero creciendo como institución. Ahora Mundo Libre cuenta con una moderna sede en Pachacámac, y su metodología ha sido calificada como una de las mejores del mundo y es aplicada en otros países por recomendación de la Dirección de Narcóticos del Departamento de Estado de los Estados Unidos.

En la comunidad terapéutica del Instituto Mundo Libre, en efecto, han participado 3400 niños y niñas de la calle. En ese contexto, se ha logrado que el 80% de quienes culminaron el programa se abstengan de consumir drogas, que disminuyan en un 95% las conductas marginales (prostitución, robo, agresividad, mendicidad y promiscuidad sexual); que en el 100% asistan a los diez talleres ocupacionales-terapéuticos y a los centros educativos, recibiendo también atención siquiátrica y sicológica; y que todo esto se dé mientras un 80% de los padres de familia se integra a los programas. Un verdadero éxito, porque ha salvado muchas vidas o evitado que esos menores sigan el camino de la delincuencia.

Pero –siempre hay peros– el esfuerzo de Mundo Libre se ha visto limitado por la carencia de recursos económicos y porque el Estado, a pesar de que envía a los menores para que la institución los albergue, proporcione alimentos, vestuario y medicina, NO APORTA UN SOLO CENTAVO. Así como lo leen, ni un solo centavo. Las gestiones que se han hecho  a través del Ministerio de la Mujer tanto en el anterior gobierno como en el actual no han tenido resultados, a pesar de los múltiples ofrecimientos y de numerosas reuniones que siempre terminan en nada. Así es la vida y así hay que avanzar.

En este Día Internacional de la Mujer también recuerdo el intenso trabajo que Marilú impulsó cuando era presidente del Comité de Damas del Congreso, logrando entregar numerosas viviendas a los damnificados del terremoto del sur así como toneladas de víveres y alimentos. No olvido que su institución albergó a numerosas familias muy pobres operadas gratuitamente de cataratas por los oftalmólogos peruanos en la inolvidable campaña Ver para Creer, o que logró que varias misiones médicas norteamericanas vinieran a nuestro país para operar a personas humildes de malformaciones.

Pienso que –más importante que el premio a la Sociedad Civil que le otorgó Naciones Unidas en Viena, la Medalla de la Ciudad de Lima o la condecoración del Congreso del Perú– para Marilú la mayor felicidad es ver a muchos de sus niños convertidos hoy en abogados, militares, trabajadores exitosos al servicio del país; y su mayor emoción, la limpia sonrisa de un menor antes olvidado y hoy reconocido.

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