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Opinión


26 Julio, 2018.

¡Los alcaldes nos deben millones!

Tráfico infernal: las autoridades deberían ponerse una mano al pecho y exonerar a los sufridos conductores de impuestos municipales, y el Gobierno central permitir descontar todo el gasto para el Impuesto a la Renta.

Manuel Castañeda

| Columnista invitado

Creo que su eminencia, el cardenal Cipriani, podría tranquilamente proclamar, junto con San Juan Evangelista a Job como otro de nuestros patronos: tal es la paciencia que demostramos todos los días los sufridos limeños que atravesamos la ciudad diariamente.

Hemos ido viendo el incremento de nuestro gasto de combustible (alrededor de 50% en mi caso). ¿La causa?: las terribles congestiones originadas por las remodelaciones que día a día se multiplican cuales panes y peces, convirtiendo los trayectos que uno recorre en verdaderas rutas propias del purgatorio cuando no del infierno.

Sumemos el incremento del parque automotor y las malas prácticas de manejo de combis, micro y mototaxis, tanto como las de camionetas nuevecitas y charcherosos taxis cuya revisión técnica parece obtenida gracias a una llamada de algún corrupto miembro del CNM; y, por si fuera poco, las limpiezas, recojos de basura, levantamientos de maleza, colocación de lámparas en semáforos que se reproducen cual conejos, y otras inoportunas actividades ordenadas por los insensibles municipios que no se conduelen del sufrimiento de los mártires del volante. Recordemos los cierres inmisericordes de vías, sin alternativas para los vehículos que terminan expuestos a miles de riesgos adicionales de choques, raspones, insultos y prepotencias.

Ante todo lo anterior, uno se pregunta para qué sirve tanto hombre y mujer de chaleco amarillo moviendo cadenciosamente la mano, cuando no usurpando funciones de policía de tránsito y creyéndose “la autoridad”. Aclaración: tampoco debe menospreciarse la buena voluntad que muchas de ellos nos demuestran tratando de ayudar al orden de un tráfico que los desborda por las malas gestiones ediles, y hasta recibiendo insultos de gente indignada.

Añadamos los miles de kilómetros de rompemuelles que los municipios se han encargado de registrar como parte de su ejecución presupuestal colocándolos la mar de las veces en las vías principales ¡para dar paso a las transversales o a quienes salen de conjuntos residenciales, cuando debiera ser exactamente al revés! No falta la competencia entre municipalidades por quién hace el rompemuelle más grande: cierta vez el alcalde de un distrito, yendo con su familia en su carro pequeño, no consiguió pasarlo quedándose plantado por el peso en la cima de uno de ellos, balanceándose cual elefante en la tela de una araña sin ir para atrás ni para adelante. Se trata de una verdadera esquizofrenia municipal que mientras fanática de rompemuelles y semáforos habla de “ola verde” o, en un arranque de ironía -–de mal gusto–, coloca carteles de “respete los límites de velocidad” en una ciudad donde ni en sus vías expresas se puede alcanzar una velocidad medianamente alta.

Sin contar los costos directos por combustible, desgaste de frenos, embrague, sistemas de refrigeración, daños por choques grandes y pequeños producto de lo pegados que deben andar los vehículos, y otros, están los costos de la salud pública en materia psicológica por la frustración que esto produce y su secuela de violencia como de depresiones, daños de columna y afecciones respiratorias por una contaminación debido al mayor tiempo en las pistas. ¡Y muchos alcaldes se esfuerzan por cortar espacios de estacionamiento, quizás para ver si con ello nos empujan a playas públicas o privadas!

Todo ello implica millones de soles que los municipios nos deben a los ciudadanos. Cada cual calcule. Las autoridades deberían ponerse una mano al pecho y exonerar de impuestos municipales a los conductores, y el Gobierno central permitir descontar todo el gasto para el impuesto a la renta.

Ojalá esta tortura más que inquisitorial que padecemos nos sirva a todos en parte de pago de nuestras culpas para la vida futura. O, al menos, a cambio de este sacrificio constante quizás Dios se apiade y nos envíe a los limeños un Solucionador.


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