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Opinión


17 Mayo, 2018.

Lima: ¿quién podrá salvarnos?

No somos el pueblo elegido (y sería demasiado pedir a un salvador) pero sí podemos optar por alguien empoderado, que tenga la capacidad para pensar fuera de la caja y romper paradigmas.

Ni el mejor alcalde distrital ni el gerente más eficiente, ingenioso y productivo de la entidad más complicada del país tiene la experiencia suficiente para gestionar Lima Metropolitana, una ciudad de más de 9 millones de habitantes (INEI, enero de 2017). La dimensión y magnitud de sus problemas desbordan toda imaginación; ningún reto se le compara.

Sin embargo, sería una tarea más llevadera si el futuro alcalde contase con el respaldo de un partido político sólido y con capacidad de negociación.

Me pregunto por qué las agrupaciones políticas no tienen la habilidad para presentar candidatos con trayectoria partidaria, y con el necesario talento y liderazgo para enfrentar una tarea de esa magnitud. ¡A la guerra hay que ir con los mejores soldados! No se trata simplemente de ganar (en algunos casos es lo más fácil), sino de consolidarse como una apuesta a largo plazo. Resulta una muy mala práctica servir de vientres de alquiler o designar a gente respetada pero fusible, vale decir, rápidamente desechables ante una derrota.

Las organizaciones políticas se ganan a pulso su desprestigio. El recurso humano es su mayor activo; empero, es un hecho que después de las elecciones la mayoría de partidos se van de vacaciones. Renuncian a convocar a nuevos miembros, a sangre joven que les aporte ideas y conexión social. Hoy –salvo honrosas excepciones– son organizaciones sin ideario, sin principios, cuyo objetivo es llegar al poder y usufructuarlo a sabiendas de que podría ser una única oportunidad. El nacionalismo es un claro ejemplo de oportunismo a la medida.

Volviendo a las elecciones del 6 de octubre y a la alcaldía metropolitana, es sorprendente que Ricardo Belmont tenga una ubicación preferencial en las encuestas luego de 28 años de su primera campaña electoral (prueba de que la jubilación les repele a los políticos). Belmont fue el burgomaestre limeño durante dos periodos seguidos –de 1990 a 1996–, y se le reconocen varias obras viales significativas a pesar de que el país sufría una de las peores crisis económicas de su historia. Belmont compite con el exministro de transportes, Enrique Cornejo, quien ante la imposibilidad de inscribir a su movimiento Contigo Lima ha recurrido con patética desesperación al peor de los vientres de alquiler: Democracia Directa.

Democracia Directa es el partido que sirvió de vehículo a Gregorio Santos en las elecciones presidenciales del 2016. El problema de estas organizaciones es que son un simple envoltorio, sin contenido ni estructura e incapaces de generar lealtad. Saben lo que valen, tratan de mantenerse vigentes en el mercado y se rematan al mejor postor.

Dicho esto, hay demasiados candidatos para Lima sin que ninguno brille por sus propuestas o estrategia. Aunque, viendo la situación tan desesperada, por lo menos existe la posibilidad de generar ilusión. No somos el pueblo elegido y sería demasiado pedir a un salvador, pero sí a alguien empoderado (con capacidad para pensar fuera de la caja, romper paradigmas) que por ejemplo consulte las experiencias de ciudades muy pobladas como Seúl o Hong Kong –que han sabido domar el monstruoso tráfico– o de países como Singapur –que logró apaciguar la delincuencia y la criminalidad–.

A pesar de todo lo anterior, presiento que terminaremos votando por aquel que nos genere mayor empatía personal o contra aquel que ha sido desprestigiado en último minuto. Desafortunadamente no faltarán los eficientes bombazos que solo generan humo y desconcierto, y que en las inevitables colas hacen de la chismografía un factor muy poderoso sobre la decisión de voto. Basta sembrar la duda o infundir pánico para cambiar de pareceres.

Así de chichas somos los peruanos al momento de sufragar y, por lo visto, no tenemos ninguna intención de cambiar.


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