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Opinión


30 Marzo, 2018.

¿Lenin Vizcarra?

Comprensible urgencia del presidente sucesor para tomar distancia de PPK, igual como lo hace su homólogo ecuatoriano respecto a Rafael Correa

César Campos

| Columnista

Me referí hace poco a las asperezas que tuvieron varios presidentes con susvice presidentes y cómo una relación de origen armónico culminaba a veces a capazos. En el último medio siglo, fue el caso de Fernando Belaunde con Edgardo Seoane, Alan García con Luis Alva Castro, Alberto Fujimori con Máximo San Román y Carlos García, Ollanta Humala con Marisol Espinoza y Omar Chehade.

En el plano regional latinoamericano, tuvo bastante connotación el golpe de Estado que le propició el vicepresidente René Barrientos a Víctor Paz Estenssoro en Bolivia el año 1964 y, más recientemente, las públicas desavenencias entre el primer mandatario de Ecuador Lenin Moreno y su antecesor Rafael Correa (a quien Moreno secundó en el gobierno entre el 2007 y el 2013).

Moreno se vio en la necesidad de diseñar un perfil propio desde la campaña electoral del 2017, cuando Correa emitía señales de ejercer dominio sobre el candidato de su partido, Alianza País. El primero insistió siempre que representaba a esta agrupación, aunque reconocía que daría continuidad a lo bueno del gobierno del segundo.

Se percibió que Correa sentía a Moreno como el Dimitri Mevdev de Vladimir Putin: una persona subordinada que solo le servía como herramienta transitoria y que luego le permitiese llegar nuevamente al poder. Sin duda, Moreno tuvo un importante endoso electoral de su antecesor pero sintió que era necesario construir su propio legado.

Por ello, poco tiempo después que tomó posesión del mando supremo, se pronunció a través de gestos simbólicos como reunirse con los líderes de la oposición, conformar una comisión que revise la Ley Orgánica de Comunicación (impulsada por Correa y que establece serias limitaciones a la libertad de expresión), devolverle la sede a la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) que había sido confiscada por el gobierno anterior, entre otros.

La cereza encima de la torta fue el apoyo de Moreno a la reforma constitucional que impide la reelección indefinida de los presidentes, cortando así la pretensión de Correa de retornar el 2021. Y hace pocos días, el jefe de Estado ecuatoriano deploró el debilitamiento de las fuerzas armadas y policiales que ha generado una enorme permisividad para la penetración de guerrilleros y narcotraficantes de Colombia a su país. “La compra de helicópteros que se caían, la compra de radares que no funcionaban, la compra de aviones viejos, como sabemos cuestan más sus reparaciones que haber los comprado nuevos, todo eso ha mermado la operatividad”, ha dicho el presidente en dura crítica al gobierno precedente.

En sus primeros siete días de administración, y aunque existen salvedades que no permiten vislumbrar encono alguno con quien se ha visto obligado a suceder por la vía constitucional, Martín Vizcarra —igual que Moreno— ha preferido hacer sentir su singularidad.

Lo primero, omitir referencia alguna a Pedro Pablo Kuczynski en su discurso posterior a la juramentación del cargo (algo que molestó mucho al parlamentario oficialista Juan Sheput, quien creía conveniente una expresión de “gratitud” hacia PPK). Lo segundo, ordenar sus actividades iniciales en función a las prioridades que tendrá el Ejecutivo durante el periodo 2018-2021: salud (visita inopinada al Hospital del Niño), educación (visita inopinada al colegio emblemático Melitón Carbajal) y la reconstrucción de las zonas afectadas por el niño costero (visita anunciada a Piura).

Lo tercero, hacer ostensible su deseo de afinar las coordinaciones con la mayoría del Congreso propiciando la ceremonia de promulgación de Ley de Fortalecimiento de la Contraloría en Palacio de Gobierno, la cual había sido observada por PPK y que fuera aprobada vía insistencia por el parlamento. Ceremonia que contó con la presencia no solo del titular el Legislativo sino también de los líderes de diferentes bancadas.

Lo cuarto fue nombrar como nuevo presidente del Consejo de Ministros al congresista de Alianza Para el Progreso y ex gobernador de la región San Martín, César Villanueva, a despecho de la intensa participación de este en la promoción del segundo intento de vacancia de PPK. Lo que para algunos quiere ser visto como una afrenta a quien lo llevó en la fórmula presidencial de la campaña del 2016, es en realidad una clara fractura con alguien al que las sospechas de corrupción se han trastocado en evidencias indefendibles. En política, los límites de lealtad hacia una persona los fijan sus actos. Actos cuya proporción de penalidad será determinada por la justicia.

Pesa más que Villanueva sea persona de confianza del nuevo presidente, que haya tenido una apreciable tarea como gobernador de San Martín y que sea reivindicado en una función de la cual fue apartado torpemente por el poder en la sombra de la gestión de Ollanta Humala, la ex primera dama Nadine Heredia.

No conocemos a la fecha una reacción explícita de Kuczynski sobre los primeros actos de Vizcarra. Posiblemente calcule la inutilidad de formularla hasta que esclarezca su enredada situación judicial. Es mejor su silencio que una imprudente y desafortunada frase. Que en esto no se le ocurra imitar a Correa. Y, que al igual que Moreno, Vizcarra —como en el verso de Machado— haga “su propio camino al andar”.


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