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Opinión


12 Octubre, 2018.

Las barras bravas de la política

El hombre que debe estar por encima de todos buscando la concordia y la armonía es precisamente quien a diario crispa más los ánimos de cierto sector. De Ripley.

José Delgado

| Columnista invitado

Las barras bravas se han instalado en la política. ¿Estoy exagerando? La verdad es que las semejanzas son obvias: una es, por ejemplo, que marchan por las calles exigiendo cosas que van contra la ley, algunas veces pacíficamente pero en otras llegando a la violencia (hasta terminaron incendiando un patrullero). Sin embargo, la característica que quiero resaltar es que las barras bravas del fútbol –se supone– van al estadio solo a alentar al equipo y en la práctica no es así.

Justamente se les llama bravas por el terror que infunden a los integrantes del equipo contrario y, en especial, al árbitro del partido. Si un jugador de su equipo cae dentro del área ya sea porque resbaló o  se tiró un piscinazo o chocó con otro jugador, la barra –con un griterío estruendoso, descamisados y carapintadas– pide y exige penal al mismo tiempo que le recuerda al árbitro a su ser más querido. O sea, aunque no haya habido falta, igualito la barra mediante el amedrentamiento exige, amenaza e insulta. Justo hace poco un oficial pagó con su vida estar en la tribuna.

Bueno, las barras bravas de la política hacen exactamente lo mismo. No todos están en la misma tribuna, sino en la prensa, ONG, Congreso, etc. La componen algunos exfuncionarios, miembros de la academia, de la sociedad civil, artistas, ministros y la caviarada en general.

Pero lo más notable aquí es que el jefe de una de ellas sea el mismísimo presidente de la república. De Ripley. El hombre que debe estar por encima de todos buscando la concordia y la armonía es precisamente quien a diario alienta más a su barra brava. No interesa si solo recae una tenue sospecha sobre algún político, si solo hay una persona que ha hecho una acusación jalada de los pelos, si solo aparece en una foto, si su voz está en un audio inocuo, no importa: las barras bravas de Vizcarra piden penal, piden sangre, piden destitución ya. Se vuelven irracionales: solo amedrentan y amenazan. Es la salvajada de cuello blanco.

Martín Vizcarra a diario, cada vez que agarra un micro, solivianta a su barra sin el menor rubor. No le importa la misión que le encargó la Constitución por la cual juró; sigue pechando al Congreso y exige cosas que no son de su competencia. Muy peligroso.


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