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Opinión


4 Octubre, 2017.

“La vida en sí no es más que un partido de fútbol”

Si ganamos, el gobierno tendrá un respiro; Keiko se abrazará con Kenji y mi vecino me pagará el préstamo que me debe. Si perdemos, todo será culpa de PPK; Kenji formará su propio partido político y mi vecino hará oídos sordos cuando le cobre.

Germán Jiménez Borra

| Columnista invitado

Y nos vamos acercando al Día D: hace mucho tiempo que no teníamos la oportunidad de acariciar una clasificación a un mundial de fútbol, así que hay una mezcla de tensión, euforia, nerviosismo y esperanza de lo que pueda suceder en los dos últimos encuentros que le quedan a nuestra selección en estas eliminatorias. Las calles, oficinas y hogares solo respiran fútbol y no hay motivo de conversación que no sea el partido que sostendremos este jueves con los albicelestes.

Aún no cumplía los tres años de nacido cuando Oswaldo ‘Cachito’ Ramírez hizo dos goles en la mítica Bombonera y elimino a Argentina del mundial México 70. Cuarenta y ocho años después, el equipo albiceleste ha decidido jugar ahí buscando amedrentarnos con la presión de su hinchada, lo que resulta sintomático pues este partido los podría dejar nuevamente fuera de un mundial.

Y mientras se percibe inseguridad en las huestes gauchas, nosotros —una vez más— no tenemos nada que perder pero mucho que ganar. En la zaga ya no está Chumpitaz pero sí Rodríguez: los pases no los dará el ‘Niño Terrible’ Roberto Chale sino el ‘Orejas’ Flores… y en vez de un ‘Cachito’ Ramírez tendremos al ‘Depredador’ Guerrero dentro del área rival. Y, como si los planetas se alinearan, Ricardo Gareca —aquel centro delantero argentino que con su gol nos eliminó de México 86 y que se quedó sin jugar en ese mundial por decisión de Bilardo—  tiene la posibilidad de llevarnos al torneo más importante del fútbol internacional y participar en él como técnico (justicia divina, le llaman).

Este jueves a las 6 de la tarde los corazones de todos los peruanos estarán latiendo al mismo ritmo: colores, clases sociales e ideologías disímiles se darán la mano en busca de una hazaña. Si ganamos, el gobierno tendrá un respiro; Keiko se abrazará con Kenji y mi vecino me pagará el préstamo que me debe. Si perdemos, todo será culpa de PPK; Kenji formará su propio partido político y mi vecino hará oídos sordos cuando le cobre.

Al igual que el balón, el mundo da vueltas, y nuestras esperanzas se mantendrán durante los 90 minutos que dure el partido. Por lo menos, yo tengo fe de que se conseguirá una victoria que alegrará la existencia de millones de compatriotas.

Quienes me leen podrán pensar que esta columna es una oda a la exageración pero, como diría el gran poeta escocés sir Walter Scott, “la vida en sí no es más que un partido de fútbol”.


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