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Opinión


23 Marzo, 2018.

La fiesta del estiércol

Chavistas celebran renuncia de PPK, un hándicap que se atribuye el régimen más corrupto y repudiable de América Latina.

César Campos

| Columnista

Y ocurrió lo que más me inquietaba de la crisis política iniciada con el nuevo impulso de la vacancia presidencial, a cargo del conjunto de grupos parlamentarios no oficialistas: darle en la yema del gusto al sátrapa de Venezuela, Nicolás Maduro, y a su corte vomitiva de adulones aupados al poder, quienes sienten casi como obra suya la renuncia de Pedro Pablo Kuczynski a la primera magistratura de nuestro país.

En efecto, tanto Maduro, así como la presidenta de la llamada Asamblea Nacional Constituyente, Delcy Rodríguez, y el número dos del oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela, Diosdado Cabello, han expresado su inmensa alegría por esta noticia.

“Kuczynski no quería que yo fuera a la Cumbre de las Américas y ahora es él el que no irá. Ahora quién me va a recibir en la Cumbre de las Américas”, ha dicho Maduro reiterando así su voluntad de hacerse presente en la VIII versión de dicha cumbre a realizarse en Lima en abril próximo, pese a que el gobierno peruano le retiró la invitación. Gobierno que, según el mismo dictador, “no puede darnos lecciones de moral puesto que estaba encabezado por un presidente empresario y lobbista con huellas de corrupción a lo largo de su trayectoria”.

Rodríguez indica que con esta dimisión “comienza (la) recomposición moral de América Latina” y condena a PPK “al basural de la historia”. Cabello, por su parte, señaló que “yo decía que parecía que el que no iba a estar en la bendita cumbre era Kuczynski”.

Esta cascada chavista de ataques a PPK era previsible y venía como augurio junto a la moción de vacancia. Constituía un riesgo de afrenta al país, no solo al presidente, luego que de el Perú liderara el grupo de Lima para fomentar la atención regional a la crisis humanitaria y el rescate de la democracia en Venezuela. Cabía sopesar los efectos de una decisión que –algunos pensábamos– debía procesarse luego de la Cumbre, pues las pesquisas a las andanzas del jefe de Estado en funciones públicas que terminaban favoreciendo sus intereses privados lo abrumaban hacia el objetivo inexorable de apartarlo de la jefatura del Estado.

Sin embargo, la contundencia de los kenjivideos respecto al escandaloso proceder de sus seguidores con el fin de conseguir votos contra la vacancia (todo coordinado desde la casa de Choquehuanca) aniquiló la más mínima posibilidad de benevolencia y adelantó vía renuncia el final del mandato de Kuczynski. Una renuncia cuyos términos, además, dibuja con amplitud el concepto de incapacidad moral que hacía falta aplicarle a un presidente sin honor, altura ni decencia.

Los peruanos lamentamos y no celebramos este duro tropiezo de nuestra historia. Los chavistas, sí. Y aquí cabe subrayar los distingos que identifican ambos sentimientos pues se vinculan a la manera cómo dilucidamos nuestros problemas políticos.

Lo más importante es que la democracia de nuestro país, pese a sus imperfecciones, permite la ventilación pública de las inconductas de sus dirigentes y abrir cauces para sancionarlas. Al contrario, la ausencia de ella en Venezuela embalsa las tremendas inmoralidades atribuidas a Maduro, Rodríguez y Cabello, quienes usan todo su poder para reprimir a los denunciantes como a la exfiscal Luisa Ortega.

Lo otro es la dimensión de las corruptelas imputadas en el caso Lava Jato al Perú y Venezuela. Con mucha precisión y aludiendo a la ironía de la crisis política nacional, Andrés Oppenheimer resalta cómo los sobornos confesos de Odebrecht colocan a nuestro país en una esfera menor de flujo económico (29 millones de dólares. Es cierto que puede ser un poco más) frente a lo recibido por la burocracia chavista (98 millones de dólares. También pudo haber algo más), el segundo mayor en América Latina luego de Brasil.

De manera que el carnaval que produce la renuncia de PPK en el chavismo debe tomarse con repugnancia y obliga a que se le refriegue en la cara sus propias cuitas. La fiesta del estiércol regional se convertirá en velorio para ellos cuando Venezuela recupere sus mínimas condiciones de vida civilizada y próspera.


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