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La cultura y el Congreso

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En el costo-beneficio, y aunque el Fondo Editorial del Congreso no realice labores parlamentarias propiamente dichas, es una de las oficinas que más contribuyen a la buena imagen del Parlamento. Una hermosa paradoja, sin duda.



Hoy domingo se publica en la página 6 de la Sección Política de El Comercio un artículo sobre las “áreas extras del Congreso”. El resumen afirma que “en el parlamento hay grupos funcionales, dependencias que no forman parte de la estructura orgánica de ese poder del Estado y que duplican labores de oficinas y áreas oficiales”.

No voy a referirme aquí al tema principal del artículo de investigación sino a una opinión del señor José Elice, director Ejecutivo de la ONG Reflexión Democrática y ex oficial mayor del Congreso: “Aquello que no es parlamentario no debe estar en el Congreso”. Líneas más abajo, Elice agrega: “Además, el Congreso tiene oficinas que realizan labores extraparlamentarias como el Fondo Editorial del Congreso o las que realizan servicio social”.

Obviamente soy parte interesada en este tema específico dada mi condición de jefe del FEC. Por lo tanto, hecho eso ese disclosure, me interesa más bien dar relevancia al aporte del FEC a la buena imagen del Parlamento que, por lo general, no ha estado acompañada durante años del favor ciudadano según la historia de la encuestas en el Perú.

Siendo yo un ave de paso, digo sin temor a equivocarme — y gracias al reducido personal altamente especializado y de excelencia que labora allí (la mayoría desde su fundación por Martha Hildebrandt)– que el FEC se ha convertido no solo en la cara más amable del Congreso –lo que le añade valor– sino en un espacio convocante de autores y obras de todas las tendencias ideológicas y culturales, como pueden dar fe las publicaciones (más de CUARENTA) que han visto la luz del día durante mi gestión, entre muchas otras:

  1. Joven Centenario, de Luis Bedoya Reyes (prácticamente agotado)
  2. Bicentenarios de la independencia del Perú, de Augusto Tamayo (estrella de la FIL 2017, agotado)
  3. San Martín y su paso por el Perú, Scarlett O’Phelan (agotado y reimpreso)
  4. Las cortes de Cádiz y su impacto en el Virreinato del Perú, de Margarita Guerra
  5. El Perú y la guerra civil española (1936-1939). La visión de la prensa peruana, de Heraclio Bonilla
  6. Mercedes Cabello de Carbonera, de Ismael Pinto
  7. Dora Mayer, el sol que disipa las nubes, de Joel Rojas Huaynates
  8. Voces de la modernidad, Perú 1750-1870. Lenguajes de la Independencia y de la República, de Cristobal Aljovín y Marcel Velázquez
  9. Etnografía andina, de Juan Ossio
  10. Toribio Rodríguez de Mendoza, de César Salas
  11. Haciendas y pueblos de Lima, de Fernando Flores-Zúñiga
  12. Diplomacia por la libertad, de Ernesto Pinto Bazurco
  13. Una historia provincial. Conchucos, de la Colonia a la República: territorio, población y economía, de Magdalena Chocano
  14. Estantes oscuros, de Enrique Bruce
  15. La industria de la conciencia. El poder de la sociedad y los medios, de María Pilar Tello
  16. María Jesús Alvarado. La construcción de una intelectual en Lima, de Margarita Zegarra Flórez
  17. El coronel Francisco Bolognesi y el expansionismo chileno, de Gustavo Pons Muzzo
  18. Obras escogidas de historia, de Pablo Macera

A estos y los que no reseño por falta de espacio, se suma la Nueva Colección Digital de la Independencia del Perú, una reedición en formato digital a cargo de Héctor Huerto de la más importante investigación acerca de nuestro proceso emancipador en el marco del Bicentenario, que abarca más de noventa tomos hasta 2021.

El trabajo editorial es arduo cuando se quiere lograr la calidad que es reconocida nacional e internacionalmente. Ello ha significado muchas veces hacer comprender el principio que estableció Martha Hildebrandt cuando creó el FEC: que el Fondo no es una editorial al servicio de las publicaciones de índole personal o política de los inquilinos del Palacio Legislativo, pues ello constituye un conflicto de intereses que no le hace nada bien a la imagen del Congreso. Algunos lo entienden inmediatamente y otros no tanto.

El principio de Hildebrandt se ha venido cumpliendo –con la excepción del periodo humalista, cuando el FEC se convirtió en casa editora de un sinnúmero de parlamentarios con el dinero de los contribuyentes– hasta hoy. Y el día en que empecé mis labores como jefe del FEC, la primera directiva que me dio la presidenta Luz Salgado fue precisamente respetarlo escrupulosamente: “Nada de conflictos de intereses”. Y así ha continuado con Galarreta y Salaverry.

Es por ello que, entre otras cosas, en el costo-beneficio y aunque el FEC no realice labores parlamentarias propiamente dichas como dice el señor Elice, es una de las oficinas que más contribuyen a la buena imagen del Parlamento. Una hermosa paradoja, sin duda.

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