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Opinión


5 Diciembre, 2017.

La corrupción como droga

El vínculo que hemos adquirido con la corrupción es propio de una comunidad adicta. Eso somos, familia peruana: nos salvamos nosotros o nadie.

Efraín Trelles

| Columnista

Entre risa y cólera produce comprobar que algunos elementos cercanos al poder nos consideran menores de edad. En la Fiscalía han trabajado como locos domingo por la noche ante los ojos de la nación, tramitando la prisión preventiva de los mandamases de las empresas peruanas que actuaron de la mano de Odebrecht en el espinoso asunto de la corrupción de Lava Jato. Como para hacernos creer que se desvelan por su chamba después de once meses de ostentosa lentitud lindante con vergonzosa tapadera.

Son muy grandes los indicios que señalan que efectivamente se había urdido algún trato oscuro que explica la inacción. En el caso de Susana la inacción es más grave aún. El fiscal Hamilton escuchó en diciembre del año pasado todos los detalles de la corrupción en la Municipalidad. Y se demoró todo este tiempo sin necesidad de que hubiera que esperar ampliación de diligencia alguna. El titular de la Fiscalía fue acusado constitucionalmente y todos despertaron. Ya…

¿Qué se puede esperar? De Brasil, muy poco. Barata dirá lo que ya se acordó que diga y de lo demás no le podrán preguntar. La única novedad local esperable es que un grandazo nacional entre rejas decida, a lo Marcelo Odebrecht, entrar en colaboración sincera y entregar cabezas más grandes todavía. Pago por ver.

 Entretanto todos debemos digerir el duro pan de la corrupción. Es hora de tratarse mejor y pensar como una familia o estaremos perdidos. La corrupción es más fuerte que la droga y el vinculo que hemos adquirido con la corrupción es propia de una comunidad adicta a la corrupción. Eso somos, familia peruana y nos salvamos nosotros o no nos salva nadie.

Nos espera un síndrome de abstinencia de gran dimensión. Si la lucha contra la corrupción la enfocamos en marco de la drogodependencia, como comunidad que quiere dejar de lado esa dependencia perniciosa nos aguarda un “mono” prolongado o seremos los esclavos felices hasta el final, final. Aprender a vivir sin la droga de la corrupción será muy duro. Pero empecemos.

No necesitamos marchas ni redentores. Esta lucha la damos desde el corazón o mejor no la empecemos. Por eso cierro con las alentadoras expresiones tomadas de un post de mi amiga y colega Miriam Salas: “La buena marcha de una sociedad implica el combate a la macrocorrupción, pero esta nace en la microcorrupción de todos los días —hogares, escuelas, universidades, empresas públicas y privadas— a las que nos hemos acostumbrado a tolerar, a mirar al otro lado para subsistir”.


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