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La Constitución era de paja

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Como en el cuento de los tres chanchitos, la casa constitucional ha sido barrida de un soplido, aunque los empresarios y algunos tontos útiles como los del cartel mediático sigan creyendo que el capitalismo y las reformas liberales de los 90 son sólidas porque han traído progreso y crecimiento económico a nuestro país.



La Constitución de 1993 ha sido barrida con un soplido. Como en el cuento de los tres chanchitos, la casa constitucional era de paja aunque los empresarios y algunos tontos útiles como los del cartel mediático sigan creyendo que el capitalismo y las reformas liberales de los 90 son sólidas porque han traído progreso y crecimiento económico a nuestro país. Creo que esa es la principal reflexión que cabe hacer luego del referéndum del domingo 9 de diciembre.

Es cierto que el punto medular de la moribunda Carta Magna que nos ha regido durante un cuarto de siglo es el régimen económico que no ha sido tocado en la consulta popular, pero de haberlo sido también hubiera desaparecido con un soplido porque está visto que si las emociones de la gente contra la clase política fueron determinantes en el resultado del referéndum, estas NO hubieran sido distintas de haberse consultado por la defunción del capítulo económico.

Pero que el sistema económico haya quedado vigente por el momento es intrascendente como mensaje para aquellos que buscan derribarlo y que están en su mejor momento. Martín Vizcarra ha demostrado lo fácil que esto es posible para cualquier demagogo manipulando las frustraciones populares contra el orden establecido a través de la creación de cuentos y mitos como el de la corrupción de los “cuellos blancos del puerto”, una cuchipanda focalizada en el Callao que por arte de birlibirloque terminó conviertiéndose en una crisis “nacional” de justicia. Y, de paso, se llevó de encuentro al Congreso y a varios líderes políticos por el “delito” de haber sido nombrados en conversaciones privadas y coloquiales que sirvieron a sus enemigos para involucrarlos en el gran mito de la corrupción, ideal para manipular a un país que según un reciente estudio de la encuestadora inglesa Ipsos Mori es el cuarto más ignorante del mundo. La mesa estaba más que servida.

El hecho de que quienes más han celebrado la agenda gobiernista contra la Constitución y, fundamentalmente, han creado y alimentado el mito de “Los cuellos blancos del puerto” a través de sus medios de comunicación sean el sector AB (que es el más beneficiado con el sistema económico y político) no debe llamar a asombro. Siempre ha sucedido así en la historia: las élites trabajan para su propia ruina sin saberlo y, cuando lo saben, ya es demasiado tarde para ellos.

Por ejemplo, aquellos que fueron los más entusiastas en celebrar la caída del zarismo en Rusia no fueron los campesinos, como podría pensarse, sino la nobleza rusa y, en especial, los más jóvenes. Así pues, quienes crean que los millenials son un fenómeno de estupidez y frivolidad propia de nuestro tiempo están equivocados. Cada época ha tenido sus “millenials” con la misma estupidez y frivolidad que comparte a través de las generaciones esta “categoría” social.

“La Revolución de Febrero tuvo lugar en Petrogrado, pero el resto del país no se enteró.  Sin embargo, llama la atención el hecho de que en los primeros días de marzo, cuando fueron llegando noticias de los acontecimientos […] la reacción fuese unánime. En todas partes la noticia de la abdicación fue acogida con júbilo y celebraciones; apenas hubo actos de violencia o resistencia. El reinado de los Romanov se desvaneció como el vapor de una tetera con agua hirviendo. […] En todo el país muchos nobles experimentaron esa misma sensación inicial de alivio y optimismo [creyeron que Rusia estaba por fin librándose del “estiércol” y avanzando por un “brillante camino”].

Marie Kastchenko, una colegiala aristócrata de Ucrania, celebró desaforadamente la noticia de la abdicación con sus compañeras de clase; en casa, su padre se burló de su felicidad: “Una revolución incruenta; esto es solo el principio”.

Otra reflexión es la que atañe a las fuerzas que generan el cambio de un régimen por otro. Esto también es una constante en la historia universal porque siempre es el mismo: violencia (o golpes de Estado o revolución). Si bien la élites pueden llenarse la boca con buenas intenciones y la cabeza con nobles ideales, lo cierto es que el populacho es ajeno a todo ello y solo le interesa destruir. “En 1920, mientras viajaba en tren desde Siberia a Moscú, Dimitri Fedotoff-White, antiguo oficial de la armada zarista, entabló conversación con unos soldados del Ejército Rojo […] Lo que sorprendió a Fedotoff-White al hablar con aquellos hombres fue la gran distancia que había entre los “elevados ideales” que propugnaban los líderes de la revolución y los objetivos que motivaban a su tropa.  Esa gente no entendía de teorías, en la que ni siquiera tenía interés, y tampoco le preocupaba cómo sería la futura sociedad rusa. Lo que la motivaba era más bien otra cosa; el deseo de destruir el viejo orden”.

Mi última reflexión es también para con la constante histórica que indica que a una asonada violenta o radical siempre la precede una moderada de “reformas”. Para no ir muy lejos (girondinos y jacobinos; mencheviques y bolcheviques), en el Perú el Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada de Juan Velasco Alvarado fue precedido por el reformista de Fernando Belaunde Terry, un rotundo fracaso impulsado desde un inicio por las élites de profesionales e intelectuales de la época.

Concluyo aclarando –pues no por nada estamos en el cuarto país más ignorante del mundo (y de seguro en el más tendencioso y mala leche)– que todo lo que he dicho no obedece a una comparación de la realidad del Perú con la de otros países (lo que sería estúpido), sino a constantes de cambio de instituciones con pies de barro que se repiten en la historia y que son universales.

Que la choza de paja sea rojiblanca es meramente accidental. No habrá que esperar mucho para ver de qué color será el pelo del lobo.

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