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Opinión


29 Agosto, 2017.

La calle no es el camino

No puede ponerse en juego la permanencia laboral por los resultados de una prueba de observación de desempeño, más aún si hay desconfianza en quienes evalúan.

No queremos verlos en las calles de la capital, donde están creando inmensos desórdenes y turbulencias. Queremos que retornen a sus ciudades y pueblos, a sus aulas que los reclaman, a sus alumnos que están en peligro de perder el año escolar.

Y para ello el gobierno acaba de aprobar un Decreto de Urgencia con muchos beneficios que son resultado de la presión sindical que ha ido escalando hasta poner al gobierno contra la pared. Y ello a pesar de que un hábil equipo multipartidario de operadores, prestados por el Parlamento, estuvo dos días con sus noches negociando con los dirigentes para llegar a acuerdos favorables.

El precedente es inédito —que un poder del Estado acuda en ayuda del otro para sacarles las castañas del fuego— pero sucedió. Vimos en las pantallas a Jorge del Castillo, César Villanueva y Edmundo del Aguila, mostrando ser operadores políticos de gran calidad, o sea de aquellos que el Ejecutivo lamentablemente no puede exhibir porque PPK se empeña en prohijar un gabinete que él pretende de lujo. No dan fuego porque no son políticos, son tecnócratas acostumbrados a mirar desde el balcón a que los políticos les salven la situación.

Y esto estuvo a punto de ocurrir y la huelga magisterial debió concluir a satisfacción, pero no fue así y ahora no tenemos claro el desenlace. No todo es pérdida porque ya tienen beneficios logrados; el punto esencial, sin embargo, es el tiempo que se sigue perdiendo y el daño que se está haciendo al concepto del mérito asociado al ascenso.

Todos queremos buenos maestros, sabemos que la educación primaria está en la base del desarrollo, que sus maestros deben ser los puntales de la excelencia pero no lo son ni en la enseñanza pública ni en la privada. La primera sin duda es la que mayores flaquezas presenta. Y lo vemos cuando los estudiantes de colegios fiscales llegan a la secundaria y a la universidad.

Necesitamos que los maestros de primaria sean los mejores, que los que no dan la talla la puedan dar: y no será dejándolos en la calle o retirándolos por incapaces que eso se logrará. Se afirma que habrá capacitaciones periódicas para que sean evaluados con conocimiento de causa y que pasadas tres evaluaciones fallidas el maestro cesará, perderá su trabajo, se irá a la calle no a protestar sino a patear latas, a buscar difícilmente el sustento para su familia, a mendigar si no hay trabajo para él.

El fantasma del desempleo los mueve a seguir en la huelga; el temor al hambre los radicaliza. En todos los sectores hay pruebas para ascender, para ir hacia arriba y ganar más, pero si el empleado fracasa una, dos y hasta tres veces no ascenderá, no ganará más pero se mantendrá en su trabajo porque no hay razón que esas fallas de rendimiento sean castigadas con el extremo del desempleo. En ningún sitio sucede: el derecho al trabajo existe y las turbas magisteriales mueven las calles para que algunos de ellos no se queden en ellas.

No puede ponerse en juego la permanencia laboral por los resultados de una prueba de observación de desempeño, más aún si hay desconfianza en quienes evalúan.

Las promesas de reubicación nadie las cree. No se trata de permitir la mediocridad sino de combatirla con conocimientos.  El gran principio es la capacitación. Ningún maestro es una tapia para no aprovechar las mejores condiciones de recibir conocimientos que lo convertirán en el buen profesional que hoy aparece como profesor fallido.

Que la amenaza de desempleo desaparezca, que sea convertida en mayores enseñanzas, en oportunidad para trabajan mejor y lograr remuneraciones más altas. Ese es el único camino y el más justo. Que el gobierno de prueba de lo que reclama, de mayor sapiencia y flexibilidad, que elimine la guillotina del desempleo y se disponga a preparar mejor a los que no tuvieron oportunidad de estudiar o no lo hicieron bien.