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Opinión


12 Noviembre, 2018.

La avenida del golpe

Harían bien el alcalde saliente y el entrante en reparar el atropello, del que nadie o pocos hablan, contra Augusto B. Leguía.

Luis Gonzales Posada

| Columnista invitado

El 1 de enero del 2019 Luis Castañeda entregará la posta de la alcaldía de Lima a Jorge Muñoz, ganador de las recientes elecciones municipales. El diálogo que sostendrán ambas autoridades para coordinar la transferencia también constituye un magnífica oportunidad para que revisen la infame resolución adoptada por el Concejo Metropolitano en la sesión del 16 de setiembre de 1930 –hace casi 90 años – donde, por aclamación, el burgomaestre y los regidores de esa época acordaron cambiar la denominación de Av. Leguía por Av. Arequipa “para perpetuar el nombre de la ciudad en que se iniciara el movimiento restaurador de las libertades públicas”. Es decir, para que se recuerde el lugar donde el 22 de agosto de 1930 el comandante Luis M. Sánchez Cerro dio un golpe de Estado y derrocó al presidente constitucional Augusto B. Leguía.

Esta es una historia cruel y desgraciada; o, mejor dicho, una historia de terror. En efecto, a los tres días de la revolución Leguía fue embarcado en el BAP Grau, que lo debería haber conducido al exilio. Una disposición de Sánchez Cerro, sin embargo, ordenó el inmediato retorno del buque al puerto del Callao bajo amenaza de cañonearlo si incumplían lo dispuesto. Al llegar al muelle, los oficiales de la Marina advirtieron a sus celadores sobre la delicada salud del mandatario –afectado por un cuadro febril, escalofríos y una dolorosa infección a la próstata– recomendando que lo trasladen a un centro médico. No lo hicieron: lo internaron dos meses y diez días en la isla San Lorenzo, para luego cambiarlo a la Penitenciaría, donde sobrevivió un año cuatro meses. En total, el martirio de Leguía duró un año, cinco meses y seis días hasta que falleció en el hospital de Bellavista pesando escasamente 39 kilos.

El historiador Jorge Basadre recuerda que “la celda que ocupó, baja, húmeda, sucia, pestilente y cuya ventana había sido tapiada, no vino a ser sino una de las torturas que se acumularon para él; sin tener comunicación con el exterior, sin contar con servicios higiénicos. No podía conciliar el sueño por las noches a causa de los gritos de los centinelas y durante mucho tiempo no recibió asistencia médica para los padecimientos que sufría”.

El embajador Carlos Alzamora, en su libro “Leguía, la historia oculta”, agrega que el mandatario solo contaba “con un viejo y oxidado balde que se cambiaba solo cada 48 horas. No había ni una ducha. Las ropas se colgaban en los clavos de la pared. La bombilla debía estar encendida día y noche… [era] objeto de soeces burlas de los carceleros cuando, recostada su frente en la pared de la celda y con una lata en la mano, debe pasar largas horas de atroces dolores tratando de vaciar su vejiga gota a gota […] En las noches hombres de uniforme suelen terminar sus parrandas visitando bebidos su celda y haciéndolo objeto de toda clase de insultos y velámenes a través de las rejas”.

Podríamos citar números testimonios de las torturas y vejamenes que el régimen sanchecerrista infringió al exmandatario –entre ellas, las versiones de sus médicos y del mismo mandatario– al tiempo que procedían a calumniarlo, ensañándose con sus familiares, amigos y colaboradores. Pero sus pérfidos enemigos también desaparecieron placas, estatuas y cambiaron el nombre de todas las grandes obras que impulsó su gobierno para modernizar y embellecer nuestra capital, porque su objetivo era borrar el apellido Leguía del registro de la historia.

A pesar de ello, ahí están para recordarlo la majestuosa Plaza San Martín y el monumento al Libertador, el hotel Bolívar, el Palacio Arzobispal, el hospital Arzobispo Loayza, el Museo Arqueológico, el Panteón de los Próceres y de la Sociedad de Fundadores de la Independencia, los nuevos barrios de San Isidro, Magdalena, Santa Beatriz, San Miguel, las avenidas Costanera, Nicolás de Pierola, Venezuela, Brasil, Argentina y, por supuesto, la Av. Leguía que –como ya hemos dicho– fue rebautizado como Av. Arequipa no en honor de nuestra ciudad del sur –como piensa la población– sino en recuerdo de un golpe cruento que terminó con la vida del expresidente y de miles de peruanos.

Por lo anterior, harían bien el alcalde saliente y el entrante en reparar este atropello del que nadie o pocos hablan. En principio, un nuevo acuerdo del Concejo Municipal puede anular la resolución de 1930 que se mantiene vigente, para reemplazarla por un nuevo texto que haga referencia explícita a que el nombre de esa avenida es en honor a la ciudad de Arequipa, a la vez que en el mismo acto podrían designar a alguna de las grandes obras de Lima con el apellido Leguía.


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