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Juez bamba

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El tema materia del juzgamiento puede ser cualquiera pero el juez no puede serlo, en el sentido de que debe servir a la justicia y no a su militancia y activismo.



La reciente revelación sobre el activismo judicial de un magistrado que falló a favor del amparo de un matrimonio homosexual debe llamarnos a reflexión sobre el papel del juez en la administración de justicia; y es que ese activismo judicial genera serias dudas sobre su imparcialidad a la hora de ejercer aquella.

La imparcialidad no solo se refiere aquí a una distancia personal con las partes de un proceso sino a no ejercer militancia sobre un determinado tema: resulta obvio que de darse un caso de esta índole una de las partes y su posición llega al proceso con la sentencia a favor, y la otra en contra. Más allá de lo que puedan decir alambicadas “teorías” o “doctrinas” sobre el “derecho” al activismo judicial elaboradas ad hoc precisamente por esos mismos activistas en las ONG y las universidades, el SENTIDO COMÚN dice entonces que esto no es justicia y que el juez que procede en tal sentido no es más que un un juez fake o, como decimos por estos lares, un juez bamba.

Si un juez participa de una asociación que –bajo el membrete que sea– hace, por ejemplo, activismo judicial contra el aborto debería inhibirse de juzgar un caso cuyo tenor sea el aborto. El mismo razonamiento cabe para un juez que milita activamente en una asociación que promueve, entre otros temas de “género”, el matrimonio homosexual o matrimonio igualitario. Es evidente que si un juicio de amparo sobre ese tema cae en manos de un juez militante a favor del matrimonio homosexual o igualitario, el resultado va a ser a favor del amparo del matrimonio homosexual o igualitario.

En ese contexto los argumentos esgrimidos por el juez militante no importan para nada, pues existe un vicio de origen que los invalida tratándose de haberlos expuesto él o ella. Aquí no hay juicio sino una parodia de juicio y una grave vulneración de la justicia.

El tema materia del juzgamiento puede ser cualquiera pero el juez no puede serlo, en el sentido de que debe servir a la justicia y no a su militancia. Siempre he considerado que un activista o militante es un fanático de una causa que, por serlo, siempre ha de considerar su posición buena y a la contraria, mala. En tal sentido no habrá ningún argumento que lo convenza de lo contrario y, por lo tanto, en un juicio sobre ese tema la suerte estará echada negativamente para la parte del proceso que alegue lo contrario.

En simple: no hay nada más contrario a la esencia de un juez que el activista militante.

El problema de fondo, entonces, no es la anécdota del caso concreto del amparo a favor de un matrimonio homosexual, sino en qué medida el Poder Judicial está siendo infiltrado por la militancia y el activismo en determinados temas bajo el paraguas de la “corrección política” y del “progreso”, permitiendo asociaciones de jueces ideologizados que ponen en tela de juicio la imparcialidad de la justicia para cualquier ciudadano.

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