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Je suis désolé

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Francia siempre será grande: no cederá al terror.



Hoy veo el calendario y caigo en cuenta que es 14 de julio, Día Nacional de Francia. Como muchos saben, Francia es para mí mi segunda patria por varias razones. 

Estudié en un colegio francés desde los cinco años hasta que terminé el quinto de media. Fueron doce años en “le Lycée Franco Péruvien”, donde hice los amigos que me quedaron para toda la vida (y que son, literalmente, cuatro gatos). 

Los franceses, si cabe el término, formaron mi cerebro en la duda metódica cartesiana (así son ellos), lo que me ha servido mucho en la vida y en la profesión a la que me dedico. Su cultura, evidentemente superior a cualquier otra en Occidente, cultiva el espíritu de quienes tienen la predisposición para asuntos fuera de lo común y lo eleva considerablemente.

Cuando le pregunté alguna vez a mis padres por qué me habían puesto en un colegio francés y no en uno americano o inglés me dijeron que el inglés lo podía aprender en cualquier parte (“la langue des marchands”) y en cualquier momento de mi vida… ¡en cambio, el francés….!

Eso sí: los franceses nunca pudieron lavarme el cerebro respecto a la Revolución a la que son tan adeptos ni a mayo de 68, que trajo a una hornada de profesores nuevos con Sartre y Marcuse bajo el brazo. En la comparación entre los mil años del Ancien Régime y la République, pues cómo les digo que toda la grandeza de Francia está allí, en su historia y en los monumentos que dejaron para la posteridad los reyes de Francia. 

Sin embargo, debo reconocer que siempre me emociona hasta las lágrimas escuchar la Marsellesa, por lo que algo de revolucionario debo tener: la historia de la revolución y la epopeya napoleónica son fascinantes.

En fin. A la embajada de Francia he sido invitado dos veces en mi vida con motivo de su Fiesta Nacional. La primera fue hace unos seis o siete años cuando un excelente amigo, Nelson Vallejo Gómez, quien veía las cuestiones académicas y universitaria en la embajada y había trabajado una serie de proyectos con el Estudio Mario Castillo Freyre del que yo formaba parte, nos comentó un día, dándolo por hecho, si nos veríamos el 14 de julio. Le dijimos que no, pues nadie nos había invitado.

Muerto de verguenza gestionó que nos pusieran en la lista porque ya era muy tarde para hacernos llegar la invitación pero no fuimos pues, al menos para mí, es de pésimo gusto llegar sin una invitación formal a una embajada (¡No es la de Haití, por favor!).

La segunda vez fue el año pasado, si no me equivoco. Esta vez fue porque unos meses antes el embajador convocó a un grupo muy pequeño de periodistas a desayunar con él para exponernos las bondades de la compra del satélite que el gobierno de Ollanta Humala adquirió a Francia y en el que también participó el representante de la empresa ganadora. 

Así, pues, quienes acudimos al desayuno también fuimos invitados a la celebración del 14 de julio, pero la cola para entrar era de tal magnitud que fue imposible acceder a la residencia del embajador. Resulta que había llegado “la pareja presidencial” y, literalmente, cerraron el portón y dejaron a medio mundo afuera. 

Entre los desairados se encontraba la embajadora de Colombia a mi costado, con la que comenté lo insólito del acontecimiento. La embajadora, quien evidentemente por representar a un país soberano no iba a ponerse en la cola para entrar a la embajada de otro país soberano, muy dignamente dejó su tarjeta y se retiró ipso facto. Yo le seguí los pasos. Tras de mí creo que se fue también el periodista Ricardo Uceda.

Este año no he recibido invitación alguna. Seguro que estarán los mismos de siempre y que forman como una suerte de argolla con el departamento encargado de realizar los contactos y las listas en la embajada. 

El anterior embajador decía, entre risas, que había ordenado airear esa lista porque siempre veía a los mismos personajes del mundo de la prensa y la política que le contaban la misma versión de los hechos; sin embargo, el nuevo embajador tiene, por lo visto, otras prioridades.

Sea como fuere, celebraré el 14 de julio en la privacidad de mi hogar, con una copa de champán francés y escuchando la Marseillese de Edith Piaf.

Parafraseando a Norma Desmond (si no saben quién es busquen en Wikipedia), Francia siempre será grande; es su embajada la que se ha hecho pequeña. Demasiado, agregaría yo.

ACTUALIZACIÓN LUEGO DEL ATENTADO OCURRIDO EN NIZA:

El título de esta columna ha sido involuntaria coincidencia (“Estoy devastado”) con la tragedia que vive hoy Francia.

Toca cambiar aquí la vena satírica por la tragedia al enterarme hace unas horas de los terribles atentados en Francia, en pleno día de su Fiesta Nacional. Es inaudito: más de 74 muertos al ser embestidos por un camión mientras miles de franceses celebraban en Niza el 14 de julio. Y en París el símbolo de Francia, la Torre Eiffel, fue amenazada con un pavoroso incendio a sus alrededores, envuelta en los negros humos que recordaban el 11 de septiembre.

La política francesa está a punto de dar un giro dramático tras estos hechos que ponen sobre la mesa como tema principal en Francia el control migratorio y el de la integración. Hay un cortocircuito entre la realidad y los ideales imperantes de la corrección política, herederos de la Revolución Francesa. El conflicto siempre hará prevalecer —tarde o temprano— la realidad sobre cualquier ideal pues eso es lo que enseña la historia.

De esto se seguirá que es predecible que los franceses estén por enterrar la Quinta República por una de “salvación nacional”.

Termino diciendo, esta vez muy seriamente y con profundo dolor: Je suis désolé. 

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