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Opinión


28 Marzo, 2016.

Institucionalidad y democracia

Para fortalecerlas, el primer paso consiste en escuchar a nuestros candidatos y el segundo, en creer en nuestras elecciones.

Jorge Secada

| Columnista invitado

Hablamos constantemente de la falta de institucionalidad. Se dice incluso que nuestro principal problema, lo que impide el desarrollo genuino, es precisamente la falta de institucionalidad. Pero, ¿qué es la institucionalidad? ¿Y cómo remediamos su falta?

Institucionalidad es el bien de todos y no solo el mío y de los míos. Institucionalidad es el largo plazo y no solo lo inmediato. Institucionalidad es igualdad, respeto y reconocimiento mutuo. Es leyes justas y que acatamos porque son parte de nosotros mismos. Institucionalidad es saber quiénes somos; y es proteger y alimentar esa identidad compartida. 

Todo eso nos falta o, al menos, nos falta en nuestra vida pública, cuando salimos a la calle y dejamos nuestra casa, nuestra familia, nuestros amigos. Efectivamente: cuando se trata de relaciones con quienes conocemos y son parte de nuestra vida privada, respetamos la institucionalidad y pensamos en lo que pasará en un año y no solo en lo que quiero en este momento, en los otros y no solamente en mí.

Como observaba un amigo, las fiestas patronales funcionan bien en todo el Perú. Claro, las fiestas patronales involucran personas que se conocen y se respetan. Son un buen ejemplo de institucionalidad. Pero en lo anónimo y público, en la escuela y la justicia de los tribunales, la posta médica y el tránsito, encontramos buenos ejemplos de falta de institucionalidad. No hay institucionalidad cuando el gobierno y los políticos hacen lo que les conviene a ellos y no lo que es mejor para todos.

¿Cómo hacer para establecer institucionalidad más allá de lo personal, para que ser ciudadano del Perú sea algo tan determinante de nuestra identidad y tan digno de respeto como nuestro apellido?

Lo primero es que aquí no hay recetas, y menos recetas importadas. La institucionalidad se establecerá desde nuestras raíces y tradiciones, desde la peculiar historia y cultura que nos identifica como peruanos. Y no será el resultado de leyes ni reglamentos, sino de cambios en nosotros mismos.

Pero esto es demasiado abstracto. ¿Cómo llevarlo a la práctica? Bajemos de estas alturas y hablemos del proceso público que vivimos. ¿Qué hacer al deliberar sobre nuestro voto?

Nuestra vida pública está profundamente corrompida. No creemos en nuestros políticos y pensamos que dicen lo que les conviene con tal de llegar al poder para usufructuarlo. La posibilidad de que nos manipulen es, pues, grande.

Un primer paso para establecer institucionalidad es no hacer caso a las denuncias personales que aparecen ahora, a poco de las elecciones. Al decidir nuestro voto, escuchemos a los candidatos y decidamos votar por quien nos inspire mayor confianza y nos persuada con su visión del Perú y sus propuestas.

Los medios  de comunicación masiva son solo un vehículo para la expresión de la opinión de personas concretas. Nuestra vida pública no es en última instancia lo que se manifiesta en los medios, por más que algunos supongan y afirmen que lo es, como ese opinólogo de Harvard que dice que “hay una obsesión colectiva con la exclusión” de candidatos  y lo demuestra citando solo lo que dicen otros comentaristas en algunos diarios (La República, suplemento “Domingo” del 27 de marzo de 2016).

Un segundo paso es creer en nuestras elecciones. Tenemos cómo elegir democrática y libremente representantes que nos representen a todos. Usemos dos criterios básicos: por un lado, votemos por quien tenga una visión integradora del Perú, por quien busque la radical refundación de nuestra sociedad tan desigual e injusta, pensando desde nuestra identidad plural y milenaria; y, por el otro, elijamos a quien inspire confianza en su capacidad de gestión, de hacer las cosas bien y honestamente, sin poner en peligro lo que hemos avanzado en términos de estabilidad fiscal e inversión privada.

No le demos cabida a quienes continúan cuestionando la legitimidad de estas elecciones, a los interesados, viscerales o confusos que denuncian desde los medios supuestos fraudes y semidemocracias. Hay maneras de interpretar las acciones de los jurados electorales que preservan su institucionalidad, sin especular sobre motivos ocultos ni minar su coherencia y legitimidad: a uno se le sacó porque, a diferencia de cualquier otro candidato, mintió y falsificó documentos en público y frente a una autoridad del Estado; y al otro, porque pervirtió el acto democrático de manera descarada y también única, al reclamar públicamente un supuesto derecho a  hacer lo que quiere con su plata y comprar votos.

Pensar así es defender la institucionalidad. No le hagamos caso a quienes no hablen de contenidos sino de lo que supuestamente motiva a los “candidatos y sus seguidores”. Eso no es más que especulación. Nada más.

Votemos libremente y pensando en el Perú. Tenemos cómo escoger bien. Tenemos cómo cambiar de raíz nuestra vida pública.


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