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Opinión


26 Junio, 2018.

Inmigrantes jurásicos

Jurassic world: fallen kingdom es el típico ejemplo de una película panfleto en la que Hollywood propone que Estados Unidos y Donald Trump sean devorados por los dinosaurios en nombre de la "humanidad".

Hollywood está empeñada en convertirse en una fábrica de panfletos que, en tanto pedestres como todo libelo, son la antítesis del arte al que se supone debe aspirar una película que quiere trascender. De otro lado, la diversión (la otra cara del séptimo arte) también está seriamente comprometida porque los panfletos al ser altamente predecibles arruinan sin remedio el entretenimiento… por lo menos para las personas con algún seso. Eso explicaría por qué la taquilla aún acompaña a los bodrios.

El caso más grotesco del cine panfletario de Hollywood es hasta la fecha el de Jurassic world: fallen kingdom, dirigida por Juan Antonio Bayona,  y cuyo productor ejecutivo es Steven Spielberg. La película es una estúpida oda a la inmigración ilegal y una caricatura de Donald Trump. En eso se resume todo.

La trama es como sigue. Los dinosaurios que se encuentran aislados en la isla Nublar tras el colapso del parque de diversiones de la primera versión (que sí fue buena y entretenida porque no tenía ningún rollo político de contrabando) están en grave peligro.  El volcán, núcleo de la isla, está en erupción y la extinción de los animales jurásicos es inminente. Una comisión del Senado de los Estados Unidos debate sobre si salvarlos o no. El científico más reputado (Jeff Goldblum, actor de las anteriores versiones) opina que no deben salvarlos porque su destino trágico es un designio y el Congreso dictamina que los animales sean dejados a su suerte.

Sin embargo, un viejo multimillonario altruista (James Cromwell) –exsocio del creador del Parque Jurásico– organiza una expedición clandestina para rescatar a las especies en vías de extinción. A través de su apoderado recluta a la antigua gerente del parque (Bryce Dallas Howard) y al domador de velocirraptors (Chris Pratt), quienes parten para la isla en la que se encuentra un grupo de mercenarios de élite que les ayudarán en su misión. La presa más codiciada para el rescate es el velocirraptor Blue, criado por el domador desde su nacimiento.

Hasta aquí ya se va perfilando la sospecha de que la película tiene un trasfondo más allá del entretenimiento que queda confirmado cuando en la trama aparece el actor Toby Jones, que representa a un multimillonario inescrupuloso con una agenda oculta y un suflé amarillo como peluquín: es nada menos que Donald Trump en versión Liliput (Toby Jones es casi un enano de metro y medio) y la intención es burda. Así, si Trump es un gigante con 1,92 de estatura, su parodia es un pigmeo que conserva su inconfundible peinado. La aparición de este personaje caricaturesco para el que todo se negocia revela que el rescate de los dinosaurios no es por amor al chancho sino a los chicharrones: valen cientos de millones de dólares para uso genético en la industria de armas, de la que los rusos –¡nada menos!– son los principales interesados a través de un gángster desagradable que representaría a… ¿Putin? El Trump enano y el apoderado del magnate altruista están en contubernio y, así, mientras el viejo millonario cree que salva a los dinosaurios en realidad los está condenando sin saberlo.

A partir de entonces la propaganda no deja sitio a la imaginación. La isla Nublar es el lugar de una especie amenazada como lo serían los inmigrantes en sus países de origen. El volcán monte Sibo representa la violencia. La escena del “salvataje”, en una suerte de siniestra Arca de Noé, con el gigantesco y bonachón brontosaurio en el puerto, atrapado entre el mar y la marea de fuego y lava es una potente pero falaz apelación al sentimiento, sellado con el grito de su agonía. La película propone que ese grito es el mismo del de los inmigrantes. El periplo de los dinosaurios en el convoy que los lleva a Estados Unidos, enjaulados y maltratados por los mercenarios, es también el de los inmigrantes vejados por los “coyotes” en su paso por la frontera entre México y Norteamérica. Y su estadía en la tierra de la libertad, prostituida por los capitalistas encabezados por el “mini Trump” de Toby Jones, un subastador, es el primer paso para ser vendidos al mejor postor como esclavos, tal como los dinosaurios son subastados a una cofradía de millonarios inescrupulosos.

Encerrados en un campo de concentración que es el sótano de la mansión del millonario altruista, ya para entonces asesinado por los mercenarios confabulados, los dinosaurios esperan ser vendidos. Luego, ayudados por Bryce Dallas Howard y Chris Pratt –que simbolizan en el film a los activistas de derechos humanos y civiles que socorren a los inmigrantes ilegales–, los animales jurásicos se fugan irrumpiendo en el hangar de la mansión donde se realiza la subasta. Allí, devorando al mini Trump y a sus socios demuestran –mientras la platea aplaude estupidizada– todo el poder de su naturaleza.

Llega entonces el punto de quiebre del film propagandístico en el cual se debe tomar una decisión moral: si los dinosaurios salen o no de los linderos de la mansión fortificada. Es decir, si crecen y se multiplican por todo Estados Unidos y el mundo. Como Dios en la Biblia, la decisión queda en manos de Chris Pratt, Bryce Dallas Howard y una niña de 11 años (Isabella Sermon) que es la nieta del filántropo asesinado. Los adultos, pese a toda la debilidad y sensiblería que tienen por los animales jurásicos, ven el peligro que significa abrir las fronteras, dejarlos sueltos en plaza y se niegan a hacerlo. La niña, que representa el porvenir de la nueva generación es la que finalmente toma la batuta y, ante el asombro de los dos adultos, aprieta con su propia mano el botón de la libertad que abre las puertas a los dinosaurios.

El mensaje es claro, cretino y apocalíptico al mismo tiempo: por más peligros que entrañe su naturaleza, los dinosaurios/migrantes tienen derecho a vivir y a compartir la tierra con nosotros. Tal es la moraleja de la película panfleto. Y así de estúpido como suena, el reino caído no es el de los dinosaurios sino el de Estados Unidos devorado por ellos y con la bendición de Hollywood.


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