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Opinión


16 Noviembre, 2018.

Ideología de género: es hora de ser políticamente incorrectos

Usando palabras bonitas como “igualdad”, “tolerancia” o “diversidad” se quiere imponer desde el Estado la idea de que la sexualidad es explicada exclusivamente por la cultura. Sin embargo, hay una dimensión moral de la sexualidad que debería ser papel de la familia, no del Estado. Porque si se mete ahí es un Estado que adoctrina, no que educa.

Luis Eduardo Falen

| Columnista invitado

Hoy se quiere imponer desde el Estado la idea de que la sexualidad es explicada exclusivamente por la cultura, dejando de lado la dimensión moral de la sexualidad: esta es papel de la familia y no del Estado. Porque de meterse en ese asunto se trata de un Estado que adoctrina, no que educa.

Hay que ser políticamente incorrecto para oponerse al “enfoque de género” –una de las políticas que más se defiende y promueve desde el Estado–, que detrás del uso de palabras bonitas como “igualdad”, “tolerancia” o “diversidad” esconde a la ideología de género. Un conjunto de ideas que desarraigan a la sexualidad humana de su naturaleza y la supeditan a la cultura pretendiendo que, por ejemplo, el solo hecho de que un hombre se considere mujer lo convierte en una. Y que a partir de la fuerza del Estado obliga a todos –niños incluidos, mediante el ya famoso currículo nacional– a ser partícipes de esta percepción.

¿Debe imponerse esta creencia a niños de cinco, seis o siete años, vulnerables al adoctrinamiento? Si bien gran parte del Currículo Nacional respalda principios nobles como la igualdad entre hombres y mujeres, cierto es también que introduce nociones de “ideología de género”. De hecho, en la página 25 del Currículo Nacional se menciona: “si bien aquello que consideramos ‘femenino’ o ‘masculino’ se basa en una diferencia biológica sexual, estas son nociones que vamos construyendo día a día, en nuestras interacciones”. De este modo, a través de una política de gobierno, el Estado hace suya una ideología y la convierte —a través de una ley— en obligatoria, limitando la libertad de quienes no compartimos esa concepción.

El currículo no es un hecho aislado. El Estado ahora decide lo que es cultura en el Perú y ha cambiado el concepto de familia natural por el de “familia democrática”. Asimismo, parece haber instalado tácitamente el requisito de “experto en género” para ser ministro, como enlos casos de las ministras de Salud, Cultura, Mujer y Poblaciones Vulnerables y Desarrollo e Inclusión Social. De hecho, la ministra de Salud —Silvia Pessah— fue directiva de la ONG Flora Tristán y responsable de la implementación de políticas naciones de “derechos reproductivos de la mujer”.

Hay que ser muy prudentes cuando se trata de menores de edad: aunque no se puede negar que existen casos de niños que no se sienten identificados con su género genético, también es cierto que muchos niños y niñas que en edades muy tempranas tienen esa dificultad de identificación cuando pasan a la pubertad se identifican plenamente con su género genético. La solución a temas personales tan complejos no puede venir de la política.

Un adulto se encuentra facultado para decidir su plan de vida; un niño, sin embargo, necesita a sus padres —o a quien cuente con la patria potestad— para orientarlo en su formación y decisiones.

Hoy resulta políticamente incorrecto defender al no nacido, a la familia tradicional o criticar el concepto de “género” –bajo el argumento progresista de que este encierra ideales como la “igualdad” o la “diversidad” y que actúa en nombre del “desarrollo”, del “primer mundo” o del “siglo 21”– e, incluso, se ironiza sobre las posiciones conservadoras con el fin de deslegitimar a quien piensa distinto. Y precisamente por eso, este el momento de serlo. Seamos políticamente incorrectos desde el campo de las ideas, en las manifestaciones pacíficas, etc. Es una lucha que, como pocas, vale la pena pelear.


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