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Opinión


2 Enero, 2017.

¡Hay que atreverse a las soluciones extremas!

Feminicidio: ¿y si abrimos el debate sobre la pena capital?

El maltrato contra la mujer no cesa y adquiere las formas más inadmisibles. Y hay casos de una crueldad inexplicable.

El empalamiento es uno de los métodos de tortura y muerte más brutales, es un retroceso al oscurantismo de la Edad Media: y hace pocos días una mujer fue violada y empalada en Argentina. Meses atrás había sucedido lo mismo con una adolescente de 16 años.

La violencia está escalando hacia dimensiones de terror; se encuentra hasta en la mirada de quien ordena sumisión. Las cifras siguen incrementándose y son especial noticia cuando se trata de una persona pública como la senadora mexicana Ana Guevara o la diputada española Teresa Rodríguez.

Ninguna ley, marcha, plan nacional, ministerio especializado ni organización de derechos humanos podrá evitarla completamente, quizás solo reducirla aunque hasta en eso soy bastante escéptica. Sin ánimo de simplificar y excluyendo a las sociedades donde la mujer solo existe para servir y parir, mientras el hombre sea físicamente más fuerte y lo dominen sus pasiones, la violencia será inevitable. Luego vienen los arrepentimientos,  suicidios y autoflagelaciones, pero la brutalidad ha quedado consumada y no hay vuelta atrás.

No es un tema de derrotismo, sino de aceptar la realidad e internalizar la necesidad de adoptar caminos más severos como la cuestionada “pena de muerte”. ¿Y por qué no? Formalmente, el Perú tendría que denunciar la Convención Americana sobre Derechos Humanos y modificar la Constitución para hacer extensiva la pena capital a otros delitos.

Lógicamente, propuestas como esta siempre generan controversia y tienen muchos detractores. Se dice que es la solución más efectista, que el típico “ojo por ojo, diente por diente” no toma en cuenta las causas que generan un comportamiento delictivo o los mecanismos destinados a prevenirlos; otros sostienen que “el Estado no debe mimetizarse con la conducta de los criminales”. Sin embargo, si todo lo que se ha hecho hasta ahora no ha funcionado es imperativo explorar medidas más radicales.

Dejando de lado las discusiones morales, sí me preocupan dos temas. El primero es que se generaría una reducción en el número de denuncias pues, ¿quién quiere condenar a una persona cercana a la muerte? Casi el 90% de los feminicidios en el Perú son ocasionados por la pareja o el amigo, el 60% de ellos en el hogar familiar. El otro es que las deficiencias del sistema judicial peruano dificultan que este brinde las garantías para la aplicación de la pena capital.

En fin: como lo perfecto es enemigo de lo bueno, la magnitud del problema de violencia de género amerita que se abra a discusión YA.


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