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Opinión


17 Abril, 2018.

Hablan porque tienen boca

Cualquiera que haya jefaturado alguna división o grupo funcional del Parlamento puede dar testimonio de cómo allí se audita hasta la compra de un lapicero en procesos exasperantes por lo exhaustivos y escrupulosos que pueden llegar a ser.

Varios amigos periodistas, incluido el autor del reportaje de Cuarto Poder sobre la ley que excluye a la Contraloría de auditar los gastos del Congreso, me han dicho que mi último artículo en el que critico la nota de dicho programa se enfoca en lo “anecdótico” de las cifras de aprobación desactualizadas del Parlamento y no en el fondo del asunto. Pues se equivocan. Para mí el fondo del asunto es, precisamente, la mala fe, la desinformación, el prejuicio y el sesgo del reportaje cuyo fin es desacreditar al Congreso y no el asunto de si la Contraloría puede o no auditarlo. Pero ya que esos muchos colegas me invitan a pronunciarme sobre ello, aquí les va mi respuesta.

Hablan porque tienen boca aquellos que, como en el reportaje, pintan al Congreso como un festín de los dineros públicos, como una pachanga sin fin de lluvia de millones sin control ni freno alguno de las arcas del Estado y, por ende, de la plata de los contribuyentes. La premisa de la que parten es que yo no soy “objetivo” porque soy “un asalariado” del Congreso (dicho sea de paso, el disclosure que me piden algunos está bien claro –desde mi primer día como servidor público– en mi biografía de este portal). No, señores de Cuarto Poder & Cía. Es precisamente porque ustedes NO trabajan en el Congreso que NO tienen ni la menor idea de lo que están hablando.

Cualquiera que haya jefaturado alguna división o grupo funcional del Parlamento puede dar testimonio personal de cómo allí se audita hasta la compra de un lapicero, en procesos que a mi juicio son exasperantes por lo exhaustivos y escrupulosos que pueden llegar a ser. Hablo no porque tenga boca, sino desde la EXPERIENCIA del año y cinco meses como jefe del Fondo Editorial del Congreso. TODO se audita interna y externamente. Hoy mismo que escribo estas líneas he tenido que firmar sendos informes a solicitud de auditoras externas sobre la producción, inventario, almacén, donaciones de libros con fines protocolares o sociales y un sinnúmero de ítems que competen a mi dependencia. Y eso es TODOS los días.

Hasta por el absurdo de unos centavos de más de lo presupuestado para la producción de un libro en todas las etapas editoriales (corrección, diagramación, imprenta y otros) se requiere certificación presupuestal, es decir, la confirmación de que el presupuesto asignado por la Mesa Directiva es válido. Esto, de más está decir, retrasa enormemente la producción editorial que se empantana en trámites que llevan al desaliento hasta al más paciente, pero hay que cumplirlos porque así es la vida administrativa en el Congreso… para darles una idea a los que NO lo saben NI la viven.

Que pueda haber resquicios por donde se meta algún vivaracho, no lo dudo; como de seguro sucede también en el sector privado. Esos casos parecen ser los menos y la prensa se encarga siempre de revelarlos: gracias por ello. Pero esto no mejorará con la Contraloría de forma permanente dentro del Congreso, la cual –dicho sea de paso– PUEDE INTERVENIR, EN CUALQUIER MOMENTO, EN CUALQUIER ASUNTO QUE ESTIME CONVENIENTE, tal como se lo explicó el congresista Becerril hasta el cansancio al autor del reportaje (quien, por supuesto, hizo oídos sordos) y tal como EL PROPIO CONTRALOR, NELSON SHACK, HA DEJADO CLARO HOY. Si ya los trámites con los auditores internos (todos funcionarios de planta y de carrera del Congreso) y EXTERNOS son kafkianos, no quisiera imaginarme cómo serían con una intervención permanente más. El funcionamiento del Congreso quedaría simplemente PARALIZADO.

En lo que sí estoy de acuerdo con el reportaje es en qué tan fariseos pueden llegar a ser ciertos políticos que no tienen el valor para defender su posición con argumentos ante el temor reverencial que le tienen a algunos periodistas desinformados y malintencionados en vez de mandarlos, literalmente, a la mierda. Bueno, querían que me pronuncie: ya me pronuncié.


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