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Germán Doig

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Respuesta a María del Pilar Tello sobre su artículo "Querella o amedrentamiento", a raíz de la demanda de difamación interpuesta por el obispo de Piura contra el periodista Pedro Salinas



Mi querida amiga María del Pilar Tello ha respondido –en virtud de la absoluta libertad de expresión que practicamos en POLÍTICO.PE– con un artículo que discrepa con uno mío sobre el tema de la querella interpuesta por el obispo de Piura, monseñor Eguren, al periodista Pedro Salinas. Y, aunque yo me ratifico en cada uno de mis argumentos, le voy a responder a María del Pilar con uno mucho más poderoso que el mío.

Hace poco, el portal La Abeja “hurgó en la memoria” y encontró un artículo fechado el 18 de febrero de 2001, publicado en el diario Correo, escrito por el periodista Pedro Salinas. Lo transcribo omitiendo solamente las reflexiones generales del periodista sobre la muerte de familiares porque no son de interés aquí (las negritas, las mayúsculas y el subrayado son míos):

Escribe Salinas:

Soldado de Cristo

El pasado 13 de febrero murió sorpresivamente, a los 43 años, Germán Doig, vicario del Sodalitium Christianae Vitae, organización católica a la que pertenecí alguna vez, Y A LA QUE  LE AGRADEZCO PARTE DE MI FORMACIÓN.

Su muerte también me ha estremecido. La última vez que lo vi fue hace varios meses. Lo entrevisté en mi programa de radio en 1160, a propósito de la publicación de su último libro. No lo veía después de varios años. Con menos pelo y una barba que yo no conocí tan canosa, EL ENCUENTRO FUE SUMAMENTE RECONFORTANTE.

GERMÁN ERA UN SER HUMANO COMPLETO. Disciplinado, de esos que trabajan con convicción, cuya oratoria se se basaba en la acción. DE AQUELLOS QUE CAMINAN SIEMPRE POR LA SENDA DEL HONOR. Brillante en lo intelectual, SÓLIDO EN SUS AFECTOS, consecuente con sus creencias. Germán era, en buen romance, un soldado de Dios, un guerrero de Cristo.

Me enteré el día de su entierro, por otro amigo del Sodalitium, que Germán quería verme por estos días. Nunca sabré para qué. Ya no importa. Cuando le dieron sepultura a Germán, con el himno sodálite replicando en mi interior, descubrí el sentido de los entierros: QUE UN HOMBRE DEMUESTRA CON SU  VIDA QUE ERA DIGNO DE MORIR, QUE SUS PENSAMIENTOS Y ACCIONES  LO HACEN MERECEDOR DE LA INMORTALIDAD.

La muerte tiene, además, la virtud de quienes, como Germán, TUVIERON UNA VIDA EJEMPLAR. Y si, al final, se sigue viviendo en la memoria de quienes se dejó atrás, entonces, eso no es morir”.

Puede leer la captura del artículo original haciendo clic aquí.

Querida María del Pilar, para mí el tema ha concluido. No digo una palabra más.

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