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Opinión


19 Agosto, 2018.

Generación o regeneración

Se afirma que desde la independencia el hoy no es muy distinto del ayer. Tal vez, pero sí recuerdo personas haciendo política desde las ideas, y no desde los bolsillos y la negación.

Nos revolvemos en muladares inacabables esparcidos por doquier desde los medios. Todo aparenta mutar, pero nada cambia. Observamos el compadrazgo de quienes encarnan la justicia sin cuestionar nuestro compromiso republicano. Se afirma que desde la independencia el hoy no es muy distinto del ayer. Tal vez, pero sí recuerdo personas haciendo política desde las ideas y no desde los bolsillos y la negación.

Padecemos una muy penosa confrontación con nosotros mismos. El ser, el decir y el hacer son verbos de trinidad ontológica que hemos divorciado de la política. Esquivamos el mínimo consenso en cada recinto, cabildo o junta comunal. Atravesamos con naturalidad y desenfado los nueve círculos del infierno de Dante Alighieri. Pasmados, hemos perdimos el sueño del uso mesurado de la razón en los asuntos públicos. El sentido común es burlado con idénticos modales en la tribuna y en el caos callejero. Ciertas verdades republicanas nos hemos arrebatado sin pudor.

Duele y avergüenza, es menester reconocerlo. Somos una sociedad enferma y nuestros males no tienen la cura de una cirugía menor. No estamos afiebrados. Acaso lo somos como conjunto. Necesitamos amputar lo gangrenado para regenerar lo que algún día hubo de estar bien, si así ocurrió.

La política es o debería ser el arte de lo posible en la construcción de una sociedad justa y viable. Cabe preguntarse, entonces, ¿qué es lo mínimo que debemos hacer para no vernos inventando sobresaltados y angustiosos en los juzgados?.

Como sociedad, considero impostergable hablar con la sinceridad revolucionaria de la verdad.  No con la mía o con la de terceros. Con la verdad objetiva. Mientras no aceptemos que la permisividad e impunidad nos resulta cómoda; en tanto que no abdiquemos del pacto vergonzante, poco podremos regenerar el tejido social maloliente. Observemos y seamos autocríticos sin piedad. Encumbramos como nuestros representantes a los que nos parecemos.  Hablan como nosotros y por nosotros.

El ser republicano debe encarnar los mejores valores que una sociedad puede exponer. Pero aún somos una república sin republicanos; formamos un estado sin hombres ni políticas de Estado y anhelamos una sociedad sin ser colectivamente societarios. La falacia de nuestra complacencia se agrava al sostener que si crecemos nos desarrollamos. Confundimos la estabilidad macroeconómica con el bienestar de las mayorías y el valor de nuestros productos con la calidad y dignidad de nuestros trabajos.

Hemos construido semidioses como si todos compitiéramos premunidos con la misma alforja de saberes y monedas. Por los hechos debemos juzgarnos. Como sociedad y desde el poder, no hemos hurgado jamás en lo que significa realmente ser un pueblo sin educación sólida, noble y formadora de grandes masas. Así como heredamos la riqueza, también la pobreza. Si no salimos de ella, agrandamos nuestra patología social.

Si abdicamos la declamación y quintuplicamos inteligentemente el presupuesto educativo, acabaríamos con la pobreza moral y material. Lo hicieron los finlandeses en luengas noches y desde la escasez. Las grandes naciones no son las que más producen bienes y servicios.  Son sólo aquellas que procuraron y otorgan valor arquitectónico al conocimiento desde edades tempranas y lo ejercen en la política sin fastos.

Nos acercamos al Bicentenario sin escudriñar qué es ser realmente republicanos, sin elemental solidaridad societaria. Capturamos el poder como fin y no como medio para transformar y dignificar. Practicamos la filarquía.  Por ello, debemos abocarnos pronto a una catarsis social que nos desnude tanto que las arcadas y las náuseas perforen el calloso pellejo de quienes se valen de una dignidad política para medrar o parasitar, invocando nuestro nombre.


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