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Opinión


6 Julio, 2018.

Gareca y la esencia de la crisis peruana

Apelando a la imagen del fútbol, exentrenador de la selección puso al descubierto nuestras falencias, vicios y quimeras.

César Campos

| Columnista

El martes 3 de julio, antes de partir a Buenos Aires para reposar de los trajines de Rusia 2018, el ahora exdirector técnico de la selección peruana de fútbol, Ricardo Gareca, habló de ciertas cosas que nunca antes le habíamos escuchado.

Y lo mejor fue que sus palabras –sabias, meditadas, pero igual rotundas– huyeron del marco inflamado de pasiones donde la Mona Lisa del deporte universal sonríe de manera inexpresiva para todos los gustos, hipótesis y leyendas.

Porque Gareca (no estoy seguro si persuadido de hacerlo), bajo el paraguas de analizar las vicisitudes del balompié cholo en el torneo mundial, ingresó a la vena de los problemas esenciales que padecemos como sociedad y nación. Aquellas falencias que nunca cubrimos, esos vicios estructurales que deploramos pero jamás vencemos, la tendencia quimérica y alharaquienta que nos identifica confundiendo siempre el deseo con la realidad.

Vayamos de lo general a lo particular. “El jugador peruano tiene un potencial de crecimiento increíble…todavía no ha mostrado su techo”, dijo el profesor luego de recordar sus primeras declaraciones cuando asumió el comando de nuestra selección, en las cuales ofreció optimizar el desempeño del cuadro bicolor.

Pasa lo mismo con el compatriota promedio. Diversos estudios académicos de otras naciones destacan su dimensión creativa y emprendedora. Aplican a los mayores índices de exigencia en los mercados laborales externos por su disciplina y compromiso. Sin embargo, falta una mano guía que universalice estos atributos en nuestra comarca y se impongan al de la complacencia e informalidad.

“Un cuerpo técnico, aún en situaciones adversas, puede dejar algo. No solo son los resultados deportivos. También puede dejar algo de otra índole”, añadió Gareca. Parecía responder a esa legión de nihilistas arrogantes y depresivos que narra nuestra historia como una sucesión de tragedias, fraudes, engaños o explotaciones, sin darle espacio a logros importantes promovidos en diferentes etapas y por distintos gobiernos. Ese grupo opta más bien por la caricatura, el concepto incandescente pero feliz que complace al crítico de balcón. Y se renovará año tras año abrazando la célebre pregunta de Zavalita sin atreverse a responder jamás cómo se alcanza el ansiado momentodonde no se joda más el Perú.

“Perú se equivoca y en grande si cree que todo esto que ha pasado, toda esta euforia en la cual está envuelto, no lo lleva a pensar en mucho más allá”, agrega. Es verdad: euforia y cortoplacismo también es nuestro signo. Como reza una canción de Manuel Acosta Ojeda, que importa mañana la condena si estuvo un rato el corazón contento.

“Primero, tiene que haber una política deportiva que ayude al Perú a crecer en lo futbolístico: desde los empresarios, dirigentes, no solo en el fútbol sino en el deporte. El peruano es una persona muy talentosa en el deporte, pero tiene muy poco como para poder crecer. Se le da muy poco como para poder crecer. Si el Perú no mantiene los pies sobre la tierra el crecimiento no lo va a tener”, puntualizó.

Esto quizás fue lo neurálgico de lo dicho por Gareca. Una demanda clara a los agentes que harían posible nuestra competitividad en el deporte, incluyendo el Estado. Y una nueva apelación a que tengamos los pies en la tierra. Todo trasladable al quehacer colectivo en otras materias donde la ausencia de políticas claras –pese al talento comprobado de muchos peruanos– impide el progreso. Una ausencia debida a la banalización del debate político y al encono que esteriliza los mínimos consensos de quienes nos gobiernan.

Gran repaso de lo que somos y no somos, de lo que sufrimos y no corregimos, de lo que destruimos y no edificamos. Otra vez con Jorge Basadre descritos como problema y posibilidad.


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