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Opinión


15 Agosto, 2018.

Fuerza Popular: a quien quiera oír

Desaprobación ciudadana creciente y sostenida continúa barriéndose bajo la alfombra.

César Campos

| Columnista

El deporte de rechazar los resultados de las encuestas como termómetro del sentimiento ciudadano en una determinada coyuntura (“es una foto del momento” expresa la justificación favorita, sugiriendo que la misma puede transformarse radicalmente con el tiempo) ya tiene perfiles olímpicos en nuestro país.

Se compite de manera entusiasta para manifestarlo exhibiendo una sonrisa cachosa, ademanes académicos y conclusiones que auguran escenarios más favorables solo percibidos por la sabiduría política de quienes son sistemáticamente repudiados en la boca del pueblo. No hay nada más dulce que esta carrera loca de tantos voceros hacia la meta de explicar, con argumentos propios de Disneylandia, por qué sufren resbalones en los sondeos de opinión.

El fujimorismo keikista lidera desde el 2016 esta categoría. Nada valieron las sanas advertencias de quienes nos batimos por su derecho legítimo a ser opción de gobierno (aunque no votáramos por él) y a que no se formen matrices de opinión que la negarán en las urnas a cualquier precio, incluso el de endosar apoyo a los rivales sin creer fehacientemente en estos. La rabia, la ceguera, la arrogancia, el ayayerismo ramplón y fatuo hicieron lo suyo: carcomieron los más elementales patrones de análisis de sus dirigentes sobre su conducta y destino.

A dos años de ser derrotada por segunda vez en la aspiración de ceñirse la banda presidencial, Keiko Fujimori rebosa de motivos para preocuparse de los diversos flancos abiertos por ella y su bancada parlamentaria. Están cosechado la lectura pigmea de cómo administrar la mayoría en el Congreso, de donde ha ido descascarándose algunos(as) figuras patéticas como Yesenia Ponce. No pudo evitar la disidencia encabezada por su hermano (encarnación de los propósitos del padre de ambos) y apenas supo contenerla montando todo un aparato de espionaje a los Avengers. Siguen atando el devenir del partido a las vicisitudes judiciales de Joaquín Ramírez y a las propias. Ya no sumaron aliados a la tercera mesa directiva del Legislativo bajo su control. La lideresa mantiene la táctica del holograma sin apariciones directas en los medios ni sometiéndose a entrevistas variadas.

La lista de tropiezos es interminable. Se añade, sin duda, la militancia antifujimorista de medios y opinólogos que dan su granote de arena a ese descrédito. También la ola Lava Jato que los toca por el lado de Jaime Yoshiyama. Y todo esto lo reflejan las encuestas sin que haya atisbo de reacción virtuosa de la falange supuestamente creativa y superior compuesta por Ana Vega y Pier Figari. La pasmosidad y el trámite fácil de barrer bajo la alfombra del partido los problemas reales y objetivos, igual que el bien ganado rechazo popular, marcan la sorprendente dinámica de la tienda naranja.

81 por ciento de desaprobación; 22 por ciento señalando que Keiko es quien más ha perdido poder. Nuevos contingentes de votantes que ingresan a los padrones electorales impregnados de antifujimorismo. Como decía Jesús para generar entendimiento a su palabra de salvación: quien quiera oír, que oiga.


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