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Opinión


11 Enero, 2019.

Estados Unidos contra Charles Manson, y el Perú de Pérez y Carhuancho

Mientras hoy nuestro presidente hasta se da el lujo de dar mensajes a la nación aplaudiendo el trabajo de jueces y fiscales específicos en pleno proceso penal, la misma situación pero un mundo civilizado como el de hace cincuenta años hubiera provocado que Charles Manson fuese declarado inocente.

Hace casi cincuenta años, cuando celebraban una velada en su mansión de un suburbio de Los Ángeles luego de haber cenado en el restaurante de moda de la época, El Coyote, un grupo de amigos fue asaltado en su lujosa propiedad por una pandilla de hippies. Como resultado, la actriz Sharon Tate y cuatro personas más fueron asesinados.

Tate, la esposa de Roman Polanski –quien se encontraba en Londres al momento del macabro crimen– estaba a dos semanas de dar a luz. El asesinato conmovió a Hollywood y a todo Estados Unidos por la creciente fama de la actriz y su matrimonio (Tate y Polanski no llevaban ni un año de casados), así como por lo truculento de la escena. Sharon Tate había sido acuchillada dieciséis veces y su cuello unido con el de uno de sus invitados por una soga que los estranguló.

Era el 8 de agosto de 1969 y, según esa generación, aquella fue la fecha en la que terminaron los tumultuosos años sesenta del siglo XX. Un día después, los millonarios esposos Leno y Rosemary Labianca corrieron la misma suerte que la actriz, y se desató el pánico en Hollywood, con actores y actrices abandonando Los Ángeles rumbo a Nueva York.

Poco tiempo después los criminales fueron aprehendidos: se trataba de Charles Manson, un desadaptado social con “poderes hipnóticos”, y varias mujeres que conformaban una secta a la que habían bautizado como “La Familia”. Odiaban a los negros, a los policías y a los ricachones. Dead to the pigs y skelter helter (descontrol, desorden o Apocalipsis) –citando una canción agresiva de los Beatles, a través de la cual Manson creía que los músicos “le hablaban”–fueron los lemas con los que La Familia pintarrajeó las paredes de las escenas de sus crímenes con la sangre de sus víctimas.

El juicio a La Familia Manson empezó el 22 de abril de 1971 en Los Ángeles, California, y condensó la atención de todos los medios de prensa de Estados Unidos. Un jurado de doce ciudadanos representando al “pueblo” debía decidir la suerte de Manson (acusado de siete cargos de asesinato en primer grado y un cargo de conspiración). Y presidía el juicio el honorable Charles H. Older, juez de distrito.

Pero ya empezadas las audiencias, en Washington el presidente de los Estados Unidos Richard Nixon se pronunció contra Manson. Entonces, en pleno juicio, el abogado de Manson blandió un periódico con el enorme titular “Nixon dice que Manson es culpable” y pidió de inmediato la anulación del juicio. El argumento del abogado –poderoso para una sociedad civilizada donde impera el Estado de derecho y el escrupuloso respeto a la Constitución y las leyes, incluso para los criminales más despreciables– era que el jurado había sido influido en la formación de su juicio nada menos que por el presidente de los Estados Unidos. El mundo del Derecho quedó conmocionado, y el juez y el fiscal desconcertados.

La sabiduría de Older salvó el proceso. El juez reunió al jurado en pleno y los hizo jurar que la opinión de Nixon no solo no sería tomada en cuenta a la hora de decidir sino que no había influido de ninguna forma en su evaluación de los hechos (en Estados Unidos el jurado es “encerrado” para decidir la culpabilidad del acusado y no ser contaminado por el “juicio” de la “opinión pública”). Así, el proceso continuó hasta que Charles Manson (que al escuchar la decisión del juez de no anular el juicio, saltó a su estrado espetándole “¡En nombre de la justicia cristiana alguien debería cortarte la cabeza!”) fue condenado a la cámara de gas, aunque dicha sentencia de muerte fue modificada por cadena perpetua el 2 de febrero de 1977 después de que la pena capital fue declarada inconstitucional en California en 1972. Manson murió de causas naturales el 19 de noviembre del 2017, a los 83 años.

Han transcurrido casi cincuenta años del juicio de Charles Manson pero en el Perú la justicia, el Estado de derecho y el debido proceso siguen en la época de la barbarie, envileciéndose en vez de progresar. Los jueces y los fiscales que muy orondos dan entrevistas a los medios de comunicación sobre los procesos a su cargo no deciden ni acusan de acuerdo con la ley y los hechos incontrovertibles, sino en base a teorías, conjeturas, relatos políticos y en consonancia con los titulares de los pasquines más estridentes, de las editoriales y columnas de opinión, de la chilla histérica de las redes sociales y de las marchas de indignados profesionales. Mientras tanto, el presidente de la República hasta se da el lujo de dar mensajes a la nación aplaudiendo el trabajo de jueces y fiscales específicos en pleno proceso penal contra personas que ni siquiera tienen acusación fiscal; es decir, los condena de antemano desde Palacio de Gobierno (como en su tiempo Nixon desde la Casa Blanca) y con el aplauso mayoritario de las encuestas.

Así las cosas, en un mundo civilizado como el de hace cincuenta años hasta Charles Manson hubiera sido declarado inocente.


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