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Opinión


15 Abril, 2018.

Esa utopía llamada destrabe

El destrabe fue la gran quimera de la gestión de PPK... ¡y comprobadamente falló! Este Gobierno tiene la obligación de darle prioridad cumpliendo con la primera regla de oro: achicar el Estado.

¿Qué es lo que más nos aterra de hacer un trámite? ¿Las largas colas? ¿Los extensos requisitos que nos demandan tiempo y costos conseguir? ¿O el burócrata que tiene que darnos su bendición, que posiblemente haya conseguido el puesto de favor y que no perderá la oportunidad de torturarnos, disfrutando de su efímero poder? Todo nos aterra, nos agota mentalmente y frustra.

Resultan días de trabajo perdidos, sin resultados, por la discrecionalidad mal habida de un oficinista. Justa o no, es nuestra delirante realidad.

El destrabe fue la gran quimera de la gestión de PPK… ¡y comprobadamente falló! Este Gobierno tiene la obligación de darle prioridad cumpliendo con la primera regla de oro: achicar el Estado, ese aparato costoso que creció desmesuradamente durante la gestión de Humala y que tuvo aportes significativos este último año fruto del contubernio de Kuczynski con Kenji Fujimori.

Martín Vizcarra es una buena persona y, aunque haya mucha distancia entre él y Winston Churchill, no le vendría mal copiarse del primer ministro británico ese histórico discurso que dio apenas comenzada la Segunda Guerra Mundial: “No tengo nada que ofrecer mas que sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas”. En nuestro caso, se trata de reformas estructurales que nos demandarán muchísimo esfuerzo: solo así lograríamos que el Perú rompa con el yugo de las trabas que arrastra desde hace muchísimos años.

Hace unos días en El Comercio, Federico Salazar expresaba: “La primera tarea para destrabar es, por eso, desregular. Se requiere acometer una profunda reforma desregulatoria. Hay que estudiar la intrincada tubería y desenredarla”. Y todos hablamos de exceso de regulación, pero yo considero que ello es solo un enfoque parcial que se confunde con la “tramitología”. La normativa no necesariamente es frondosa, sino mal implementada o absolutamente ignorada. ¿Ejemplos? El famoso bono de chatarreo o las normas para peatones en el Reglamento de Tránsito (en el Perú circulan carros de cualquier antigüedad y la gente arriesga su vida cada segundo cruzando la calle desde cualquier ángulo… y no pasa nada).

Si bien existen algunas normas ociosas o demasiado aspiracionales para un país poco maduro como el Perú, también hay muchos aspectos no regulados en los que prevalece la ley de la selva.  La solución parte, efectivamente, de hacer una revisión integral de toda la normativa y depurarla; más importante, sin embargo, es lograr reducir el Estado y elevar la valla para la contratación de funcionarios públicos. Poca o mucha regulación no hará mayor diferencia si los procesos están a cargo de gente incompetente, que se da el lujo de interpretar la ley y de convertir una norma sana y eficiente en una letanía interminable y costosa. La calidad de nuestros burócratas hace la gran diferencia.

Además, existen los funcionarios públicos que desean protagonismo pero únicamente dentro de su metro cuadrado. Necesitan algo para firmar y sellar o, eventualmente, algo que les sirva para chantajear. El problema surge cuando los sacas de su zona de confort: el MIEDO los consume; prefieren pasar desapercibidos pero conservar el trabajo. Esos funcionarios, llenos de papeles en el escritorio y con cara de agitados, son la gran traba para el desarrollo de nuestro país. A más burócratas, más trámites, y no necesariamente sobre la base de más regulaciones. ¡Es importante no confundir!

Varios países poseen una normativa abundante, mucho más costosa y sofisticada que la peruana pero implementada por funcionarios escrupulosos que jamás han oído hablar de la estabilidad laboral y que, a pesar de ello, tienen perfecto entendimiento del valor e impacto de su trabajo.  A un empresario no necesariamente le molesta el número de permisos sino que no puedan garantizarle el cumplimiento de un cronograma o no le brinden certeza respecto de los costos. Coloquialmente se denomina PREDICTIBILIDAD y resulta esencial para el éxito de un proyecto de inversión.

¡Qué nefasto es que se den desviaciones presupuestales o demoras que alteren las variables de un estudio de factibilidad o de mercado, más allá de los factores exógenos que siempre son imponderables! Un trámite –que debería estar estandarizado a nivel nacional– no puede seguir dependiendo de las calidades profesionales (o caprichos) del funcionario de turno. ¡Es inaceptable!

Es la cabeza de cada feudo estatal la que debe internalizar la gravedad del problema, y luego cambiar la tónica y mentalidad de su gente. Con ello, ya se habrá avanzado bastante.


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