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Opinión


7 Abril, 2018.

¿Es que los peruanos solo queremos sangre?

No dejemos que esta crisis saque lo peor de nosotros. Nos comemos los unos a los otros: de manera simbólica, nos exterminamos.

Lástima que el irresponsable gobierno de Humala cerrara el penal de San Jorge (con una capacidad cercana a los 800 internos aunque, paradójicamente, solo lo habitaban menos de 500, máximo absurdo en un país donde la población penal es más del doble de la capacidad de sus cárceles), para venderlo en una fallida privatización. Hubiera sido el lugar perfecto para la prisión preventiva de todos los hábiles delincuentes de guantes blancos que azotan nuestro país.

Los eventos de las últimas semanas han exacerbado los odios: las exageraciones han cruzado todos los límites, desbordes de crueldad han salido a luz, y solo se ha podido ver condena y culpa. Voces alzadas han aflorado exigiendo linchamientos generalizados sobre la base de imágenes y sospechas. La presunción de inocencia y el derecho al debido proceso se han convertido en lujosas pero obsoletas garantías ciudadanas de las que la opinión pública parece renegar, consumida por la sed de venganza. Somos una sociedad cansada y casi derrotada por la corrupción, donde las redes sociales y los medios se permiten acusar, juzgar y condenar en un solo acto, sin solución de continuidad y sin asumir ninguna responsabilidad por las consecuencias.

Las masas, tristemente, solo lo celebramos.

La miseria moral que desencadena tanto odio, el clima de violencia y señalamiento, y las comparaciones descabelladas hacen que perdamos la brújula. ¿Alguien se detuvo a pensar un momento o la irracionalidad gobierna todos nuestros actos? Hoy cualquier ciudadano que comete un delito y que ha sido grabado es la clonación inmediata de Vladimiro Montesinos. La denigrante comparación y condena pública no se hace esperar.

Las honras están subvaluadas y, con ello, las de las familias y del entorno de todo aquel que se gana el encono ciudadano. Nuestra intolerancia ha sobrepasado todos los límites, pero somos incapaces de mirarnos al espejo y cuestionar nuestras propias conductas. No solo justificamos nuestra propia evasión de impuestos, nuestras propias coimas pagadas para agilizar trámites o quebrar reglas que a nuestro juicio resultan absurdas, sin respetar los mecanismos para cuestionarlas sino que –en el cenit de la hipocresía– criticamos al que procede con el mismo ventajismo.

No dejemos que esta crisis saque lo peor de los peruanos. Nos comemos los unos a los otros: de manera simbólica nos exterminamos.

Como diría la jueza de instrucción Eva Joly, que tuvo un rol protagónico en el emblemático caso de megacorrupción de la petrolera francesa ELF: “La lucha contra la corrupción no es solo una cuestión de dinero; esta lucha es vital para conservar las democracias”. ¿Queremos un país gobernado por el Poder Judicial como ocurrió en Italia cuando se dio la operación Mani Pulite (manos limpias), que acabó con el sistema político italiano pero le dio pase a un gran populista como Silvio Berlusconi?

En los últimos treinta años, diecinueve presidentes de América Latina no han terminado su mandato (siendo PPK el último de ellos). Hoy, tenemos la obligación de preservar la democracia y fortalecer la débil institucionalidad. No me convence mucho el nuevo gabinete pero pongámosle fe: ojalá logren restaurar la convivencia y desatar el nudo gordiano en el que se ha convertido el país.


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