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Opinión


26 Septiembre, 2018.

¿Es el referéndum un presente griego?

Así como el Caballo de Troya acarreó el desastre de Ilión, se impone una reflexión cuidadosa no solo sobre el contenido del referéndum propuesto sino sobre las consecuencias de aceptarlo.

Manuel Castañeda

| Columnista invitado

“Timeo dánaos et dona ferentes” (“¡Temo a los griegos y a sus regalos!”), hace exclamar Virgilio a Laocoonte. Y un par de serpientes enviadas por Atenea surgen y devoran al prudente sacerdote.

La frase ha quedado para significar el peligro que a veces encierra un regalo, tal como el caballo de Troya acabó arruinando a la incauta ciudad.

El señor presidente de la República tiene –todo indica– las mejores intenciones para el país. Creo que a la hora de la hora, cuando piensa en el Perú, la inmensa mayoría de peruanos también. Por supuesto, no faltan los egoístas ciegos, que solo piensan en sí mismos y les importa poco que todo se hunda; sin embargo, no creo que periodistas, congresistas, políticos, funcionarios, profesionales, ambulantes, amas de casa, ancianos y jóvenes sean unos antipatria aunque piensen distinto entre sí; ni siquiera que lo sean aquellos periodistas malhumorados o imprudentes que no se miden al hablar o comentar.

Pero

El desprestigio del Congreso juega a favor de la propuesta presidencial–absolutamente legítima, al igual que la intencionalidad política que encierra o pudiera encerrar–. El presidente tiene todo el derecho –y el deber– de procurar estabilizarse y dar capacidad de maniobra a su gobierno. Lo contrario sería pretender que adopte un comportamiento de títere. También tiene derecho a pensar que al retar al Congreso lo está exponiendo a rechazar la propuesta y, por ende, a un mayor desprestigio, facilitando que crezcan voces por una Asamblea Constituyente que podría convocar (y así liberarse democráticamente de la actual mayoría parlamentaria)

El presidente tiene todo el derecho de procurar un Congreso que le facilite gobernar y, como cualquier persona, tiene también el derecho de pensar que es necesario modificar totalmente la Constitución vigente. Varios lo han planteado –y han fracasado– desde la caída del señor Fujimori en el 2000 –quien, por cierto, pensó de la misma manera en 1992–: ni el presidente Paniagua –de gran aceptación– ni el señor Pease –presidente del Congreso– ni el presidente Toledo –con sus vinchas, sus marchas y la hiel de sus discursos de campaña– lo consiguieron. Y, probablemente porque, guste o no, la actual Constitución es la que permitió que el país retornase a la viabilidad, que se produjese el despegue económico que ha mejorado tanto el estatus general que miles de peruanos pudieron viajar al mundial de Rusia y que hoy somos un ideal para quienes huyen del cataclismo causado por Chávez y Maduro.

Aceptar una modificación de la Constitución como un todo no garantiza que se mantenga su concepción económica. Y si eso no cambia, ¿cuál sería el objeto de una Constituyente? ¿Acaso modificar algo de los derechos fundamentales,  la regionalización?

El peligro de una Asamblea Constituyente, por buenas intenciones que existan, es extremo. ¿En la actual coyuntura nos expondríamos a un riesgo enorme de que prevalezcan candidaturas escasamente preparadas o con ideas extremistas ocultas o manifiestas, que canalicen el desagrado popular? Si nos quejamos de tantos congresistas actuales, ¿puede garantizarse una Constituyente con gente más idónea?

Si la intención final es una Constituyente, póngase en el tapete de una vez por todas la discusión del concepto económico de la Carta vigente. Y entonces, veamos si la mayoría de los peruanos acepta que se modifique. Las encuestadoras acostumbran preguntar sobre sentimientos de la población. Tiempo es que pregunten no al corazón sino al cerebro de los peruanos; si estarían dispuestos a que se cambie la direccionalidad económica que ha permitido gran parte de la prosperidad que nos va sacando de la pobreza.

Que los encuestados comparen su situación de antes y después de la Constitución de 1993, y que se expresen a favor o en contra del cambio. Ahí tendremos un retrato más completo del PENSAMIENTO popular y no solo del sentir popular. No sea que nos topemos de pronto con una Constituyente que modifique el esquema económico y se produzca un nuevo éxodo, ya no de venezolanos hacia el Perú sino de peruanos hacia el exterior. Y todavía queda mucho por decir.


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