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Opinión


27 Septiembre, 2018.

¿Es el amén permanente la llave de la felicidad en la función pública?

Aquellos llamados a ocupar cargos bajo la más alta autoridad en una entidad estatal estamos obligados a emitir opinión, a recomendar lo que conocemos y exponer lo que puede o no ser contingente.

Lesly Shica

| Columnista invitada

Quienes conocemos el sector hemos tenido que asumir que la función pública implica una entrega exclusiva, inmediata y predecible. Nada tiene que ver con el “caso fortuito o fuerza mayor” que conocemos quienes hemos estudiado Derecho. Todo lo contrario: de forma permanente, un funcionario público tiene que reflejar su voluntad de ejercer el encargo, traducido en el trabajo por la comunidad. Y esto, independientemente del sector que ocupe.

Por ello resulta sorprendente que, una vez en la cancha, uno vea que las razones por las que asumió la función pública son exactamente las que impide mantenerse en el cargo. “Cuando uno asume se debe quedar callado”. “Reservarse lo que uno piensa es mejor”… Es decir, ¿ser funcionario público implicaría PERDER LOS DERECHOS FUNDAMENTALES? ¿En serio?

¿Acaso el éxito como servidor público depende de darle amén a todo lo que diga la autoridad, incluso si ello vulnera el propio ser? No en todos los casos ni en todo los espacios, pero esa dictadura existe. ¿Valemos tan poco como para someternos a eso? No. Y aquellos que hemos sido llamados a ocupar cargos bajo la más alta autoridad en una entidad estatal tampoco podemos permitirnos esa irresponsabilidad: estamos obligados a emitir opinión, a recomendar lo que conocemos y exponer lo que puede o no ser contingente. No se trata de ser solo un parlante; para eso ya tenemos a mucho en los actuales partidos políticos.

El Estado necesita de personas que levanten la voz, siempre con propiedad; valientes y, mejor aún, AUTÓNOMAS.


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