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Opinión


15 Octubre, 2018.

Ensayos de psicología nacional

Nuestra historia está plagada de una sucesión de rencores suicidas. En el Perú, así como en el resto de América Latina, la causa se encuentra en la falta de un ideal colectivo y de la fortaleza que nos lleve hasta ahí.

Oliver Stark

| Columnista invitado

Después de una semana en la que hemos tenido de todo, desde la detención arbitraria de Keiko hasta la declaratoria de inconstitucionalidad de la Ley Antimermelada pasando por el cese de la fiscal Delgado –yunta moqueguana del presidente– y los titubeos apristas sobre cambios en el referéndum, el Perú demuestra una vez más eso que decía Víctor Andrés Belaúnde en sus Meditaciones Peruanas de 1932: “Los contrastes en el medio físico y discontinuidad en nuestro desenvolvimiento histórico han despojado a nuestro espíritu colectivo de la armonía en el pensamiento y de la necesaria congruencia en la acción”.

El grado de cultura individual de las instituciones está siempre por debajo del que alcanzan aisladamente muchos de sus miembros. El medio social les presta una colaboración eficaz, los agiganta, los transforma y hace que se superen a sí mismos (en la brutalidad de sus actos). Son como la tierra que presta a la semilla las sustancias de la que se nutre. En nuestro pueblo –por un fenómeno de sociología que podría explicarse por razones geográficas, étnicas e históricas– la colaboración colectiva es nula. Nuestro medio es una masa inerte.

El medio social en el que vivimos tiene la apariencia de un campo de enconada lucha. Nuestras discusiones sobre los temas más arduos se revisten de una violencia y de una acritud inmensa. Todos nuestros aplausos y entusiasmos quedan reservados para las frases sonoras y agresivas, para la adjetivación virulenta. Nuestra psicología, como en la de los pueblos primitivos, solo puede apreciar las coloraciones fuertes y los contrastes bruscos. Y por debajo de esa chillona y formidable algarabía se agitan la murmuración intencionada y el chisme tendencioso.

Las ideas positivas que aparecen esporádicamente mueren de modo oscuro ante la confabulación del silencio general o son atacadas por todos los flancos, negadas en todas las direcciones, combatidas sonoramente arriba y sutil –maquiavélicamente– abajo. En el Perú pocas cosas se hacen por amor; todas por odio o rencor.

Nuestra historia está plagada de una sucesión de rencores suicidas. En el Perú, así como en el resto de América Latina, la causa se encuentra en la falta de un ideal colectivo y de la fortaleza que nos lleve hasta ahí. Los pueblos soñolientos y perezosos son presa fácil de los rencores y las envidias; hay anemia psíquica. Como colectivo nada queremos ni deseamos intensamente.

Toca al Perú dejar de ser una nación de prematuros envejecidos, pseudorefinados y decadentes, para convertirnos en un pueblo de luchadores rudos y fieros por un ideal colectivo, una sola identidad y unidad en la diversidad (lean antes las Obras Completas de Víctor Andrés Belaúnde).


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