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Opinión


29 Agosto, 2017.

En defensa de los maestros

En los últimos cuatro meses mi camino se ha cruzado con el de decenas de maestros del centro y sur del Perú. Y quizá gracias a ello mi oposición a la huelga se ha caído.

Paolo Benza

| Columnista

En los últimos cuatro meses mi camino se ha cruzado con el de decenas de maestros del centro y sur del Perú. Los he visto subirse a los mismos colectivos informales que yo rogaba no tener que volver a tomar, y recorrer caminos inhóspitos que para mí significaban toda una odisea. Y todo eso era para ellos apenas un lunes más de regreso a las aulas.

Los he visto bajarse en pueblitos en los que el Estado no es más que una escuela que se cae a pedazos y donde los productos —además del sobreprecio— están siempre vencidos, porque allí nada ocurre, nadie compra, nadie viene y nadie va. Nadie más que los maestros. Con ellos he conversado sobre sus sueldos, sus deudas, sus enfermedades y sus familias. Me han invitado unas cervezas. Me han enseñado sus boletas de pago. Han llorado conmigo.

Y es quizás gracias a esos últimos meses que mi oposición a la huelga (la posición natural de la mayoría de personas de derecha) se ha caído. Ha tenido que mutar. He descubierto en los maestros a tipos extraordinarios que se han ganado a pulso el respeto de las comunidades en las que enseñan. Porque, con todas sus limitaciones, son hombres y mujeres que están donde nadie querría estar. En barracas ‘provisionales’ a más de 40ºC en Puerto Maldonado; en casetas prefabricadas que se congelan en la comunidad campesina de Chucuyni, en Challhuahuacho; sin atención médica en Sumaro, Cusco; o simplemente en medio de la más profunda miseria en Saccsamarca, Huancavelica.

¿Podemos llamar vago a un profesor que todas las semanas cruza ríos de relave para llegar a la escuela del peligroso distrito minero de Huepetuhe, en Madre de Dios? ¿Se internaría por un año la periodista que se ofreció como reemplazo en las comunidades alejadas del Manu, a dos días en bote de la civilización, para que sus niños no se queden sin estudiar? ¿Lo haríamos nosotros por menos de S/.2000 mensuales? ¿Nos ofreceríamos como tutores de aula sabiendo que nos pagarán por ello la vergonzosa suma de S/. 3? ¿Tendríamos la paciencia para tratar con niños malnutridos, contaminados de mercurio o que llegan a clase después de caminar kilómetros sobre la puna desierta?

Sí, que un maestro se niegue a ser evaluado me sigue pareciendo una conchudez y una deslealtad con los alumnos a quienes enseña. Que continúe en las aulas quien reprobó tres veces una prueba que mide, entre otros, su capacidad para enseñar a pensar me sigue pareciendo un escándalo. Pero aquí debe quedar clara una diferencia importantísima: los maestros no son sus nuevos dirigentes. Los maestros no son Pedro Castillo ni Ernesto Meza Tica, cuyas primeras exigencias fueron políticas —el reconocimiento como gremio sindical—, antes que las demandas de sus bases.

Los maestros de los que he hablado en esta columna (y a ellos se los he preguntado) no le temen a la evaluación; solo piden con sensatez que se especifiquen y flexibilicen ciertos criterios de la misma. Es así que, habiendo atendido el gobierno sus pedidos justos sobre sueldos, deuda social y otros, y acordando modificaciones técnicas no esenciales a la evaluación docente, esta huelga debería terminar pronto. Sin embargo a los actuales dirigentes del magisterio, mientras no puedan ‘ganar’ algo más que lo ‘logrado’ por Meza Tica, este camino parece no interesarles. Quizás por eso los maestros empiezan a volver a clases de manera unilateral.


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