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Opinión


14 Junio, 2018.

El trabajo soñado

Hola. Mi nombre es Renée. Soy rubia aunque de tonta no tengo un pelo. Leo noticias en un canal de televisión privado pero me cae del Estado. Recibo 30 mil dólares mensuales, no está nada mal para ser una "rubia tonta".

Hola. Mi nombre es Renée. Soy rubia aunque de tonta no tengo un pelo. Sino miren hasta donde he llegado sacándole partido a ese estúpido prejuicio machista de que los hombres las prefieren rubias. Soy liberal y progresista y no me hago palta alguna. Después de todo soy dueña de mi cuerpo. Yo decido.

Tengo el trabajo soñado. Leo noticias en un canal de televisión y –¡los machos son tan cojudos!– a veces paso por columnista, meneando mis bucles de oro en la redacción de un diario donde escribo las crónicas de Narnia.

Pero no quiero que me malentiendan. Se equivocan si creen que lo soñado es aparecer en la tele. No, no, no. El sueño hecho realidad es cuánto me pagan por poner cara de cojuda sin decir nada que valga la pena o por reportear cualquier boludez, ustedes me entienden. Recibo 30 mil dólares mensuales; no está nada mal para ser una “rubia tonta”. Eso sí, trabajo en lugares de comprobada solvencia. Y como me dijo mi tía Cucuchi, el “Estado nunca quiebra, hijita”. Así que vivo, se podría decir, de la teta del Estado.

Dupleteo en un canal de señal abierta y otro de cable del mismo grupo económico. Son unos capos. Entre los dos le sacan al fisco 61 millones y medio de soles al año por publicidad estatal. De ahí sale mi sueldito y lo bueno es que no tengo que rendirle cuentas a nadie porque los canales son: ¡privados! Ay, les confieso que a veces me da un poco de roche pero me reconforto pensando que ese es el costo de la libertad de expresión, después de todo.

¿Y quién es beneficiario de esa libertad ¿aparte de mí (US$), claro)? Pues el público. Por lo tanto, es lógico que pague con sus impuestos ese derecho. ¿O acaso alguien cree esa monserga socialista de que los derechos no cuestan? Así que si alguna vez tuve algún pequeñísimo dilema moral al respecto, siempre me digo: “Renée, te debes a tu público… ¡Que pague!”

Bueno, ahora los dejo. Tengo una comisión en el Congreso. Alguien tiene que fiscalizar que los otorongos gasten bien nuestra platita, ¡y quién mejor que yo que sé administrar tan bien la que a mí me cae del Estado!


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