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Opinión


22 Abril, 2018.

El terror

Ambos mirábamos por la ventana. Ni un peatón, tampoco luces de autos. Solo siluetas de casas, todas azules porque la noche era clara. Porque en Lima así se veían los apagones. Azules.

–¡Dónde estará tu papá, caramba!– dijo mi madre por tercera vez. Ambos mirábamos por la ventana: ni un peatón, tampoco luces de autos. Solo siluetas de casas, todas azules porque la noche era clara. Porque en Lima así se veían los apagones. Azules.

Como yo tenía unos siete años y a esa hora ya había terminado mis tareas, el apagón básicamente interrumpía mi rutina de entretenimiento. No podía ver televisión (por ejemplo, me perdía la enésima repetición de Superman, una de mis películas favoritas) ni leer “chistes”, mucho menos libros de verdad (mis papás decían que hacerlo a la luz de la vela me iba a “cortar la vista”). No me quedaba más que escuchar la radio o conversar con los adultos.

Lamentablemente, la charla no tenía tanta gracia cuando mi padre no estaba: mi madre no controlaba su miedo y lo compartía conmigo. Por ejemplo, me hablaba del tío de Esther –la chica que trabajaba en mi casa– que había sido alcalde de un pueblo de la sierra, hasta que los terrucos llegaron y lo mataron a él y a toda su familia.

–No todos murieron, mamá –la corregía yo–. Se salvó la más chiquita porque se escondió en una paila. ¿Tú sabes qué es una paila?

Sobra decir que Esther ya me había contado esa y otras historias sangrientas, con lujo de detalles, pero yo recibía esa información con más desconcierto que miedo. La muerte me era confusa; en parte porque solo dos años atrás habíamos enterrado a mi hermana menor y eso seguía siendo una especie de sueño incomprensible formado por imágenes puntuales. Yo llegando enfermo del colegio; un pediatra revisándonos a Rocío y a mí; Rocío con la mascarilla de oxígeno llamándome por mi nombre, su manita intentando saludarme; una tía llorando de rodillas a mi lado; mi mamá sentada en la sala sosteniendo en brazos a mi hermana, al parecer dormida, y negándose a gritos a que la pongan en el ataúd; yo viendo a mi papá llorar por primera vez.

Todo eso y poco más era la muerte para mí. Esa noche, sin embargo, esperando a mi papá le añadí otra imagen: la de una niña, quizá de mi edad, que en vez de frustrarse por un apagón tenía que ocultarse en una paila para salvar su vida, mientras oía a toda su familia desaparecer. Entonces, me vino el terror. Y así aterrorizado, al lado de mi madre, no me moví de la ventana hasta que él apareció. Qué suerte tuvimos.


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