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Opinión


20 Septiembre, 2017.

El recuerdo de un hijo asesinado por Sendero Luminoso

Solo queda imaginar el dolor causado a tantas familias a través del discurso en memoria del vicealmirante Carlos Ponce Canessa.

Michel Laguerre Kleimann

| Columnista invitado

Tengo entendido que no existe en el diccionario una palabra que defina el hecho de que un padre se quede sin su hijo en vida, en oposición a los términos huérfano(a) y viudo(a). Y me viene este pensamiento al recordar la impresión y admiración que el general de brigada EP Carlos Alberto Ponce Huacan evidenció en su discurso a la memoria de su hijo, el vicealmirante Carlos Ponce Canessa, de 47 años de edad, asesinado por terroristas de Sendero Luminoso el 5 de mayo de 1986.

No me fue fácil controlar mis emociones cuando leí el texto completo. Solo puedo tratar de adivinar el dolor que la brutalidad, estupidez y miseria humana, engendrada en ese grupo terrorista, provocó a un país como el nuestro:

“[…] Aquella mañana su madre y yo encontramos a nuestro hijo frente a su domicilio, cubierto de sangre, semicaído en el asiento delantero de su automóvil. Sobre el asiento, cerca de su mano derecha, veíase el revólver con el que había hecho un solo disparo. Su pierna izquierda fuera del vehículo, el cual había sido destruido por dos bombas, presentando además, numerosos impactos de metralla […] Sus manos aún estaban tibias […] Su sacrificio se hace grande cuando es atacado en su automóvil con bombas explosivas y fuego de metralla, y él, hombre de carácter, reacciona resuelto a repeler el ataque llegando a hacer un disparo ya que fue abatido sólo en instantes con un certero tiro en el lagrimal de su ojo izquierdo […]

Como presagio de un breve paso por este mundo, en su infancia fue un niño maravilloso, un hijo cariñoso y tierno, adorador de nosotros sus padres y de sus hermanos, y amante como pocos de todos nuestros familiares […] Ya casado fue un esposo ejemplar y un padre como los mejores del mundo. Formó un hogar modelo […] El destino dejó desolada a su amante esposa y huérfanos a seis hijos, de los cuales cuatro menores que recién comenzaban a vivir […]”.

En extracto anterior, podemos tan solo imaginar la tristeza de los padres, esposa e hijos, todos ellos marcados para toda la vida por la irreparable pérdida, e interpolarlo a muchos otros peruanos que fueron tocados por la deshumanización del hombre.

Sobre el caído Carlos Ponce Canessa, la prensa dijo en su momento que “su muerte por la democracia no fue en vano, a menos de un mes del mismo, marinos peruanos emulando su valentía ofrendaron sus vidas en El Frontón luchando por preservar el estado de derecho y restablecer el orden”.


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