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Opinión


11 Septiembre, 2017.

El precio de ser anti

Vargas Llosa debe purgar por siempre y para siempre la condena moral a las motivaciones de sus torpes padrinazgos.

César Campos

| Columnista

Resulta muy difícil entender y aceptar las últimas reflexiones que le suscitan a Mario Vargas Llosa la situación judicial de los expresidentes Alejandro Toledo y Ollanta Humala, así como la de la ex primera dama Nadine Heredia (a quien le prodigó siempre los mayores elogios y augurios de un brillante porvenir político, tanto que ella alcanzó a decir alguna vez, muy entusiasmada: “es mi fan”).

Difícil entender por qué Vargas Llosa elige situarse ahora en un ámbito de sorpresa y “decepción” frente a Toledo, a despecho de lo que voluntariamente quiso pasar por alto cuando en la campaña electoral del 2001 se mostraron evidencias de la personalidad disoluta, tramposa y mitómana del candidato de Perú Posible. Evidencias a las que Toledo presentaba hábilmente como imputaciones falsas de la maquinaria fujimontesinista.

Sin embargo, el reportaje que el colega Jimmy Torres hizo para la revista Caretas (insospechable de estar al servicio de la autocracia de entonces) sobre la noche perdida de Toledo en el hostal Melody de Surquillo, la cual incluía el parte médico de consumo de drogas certificado en una clínica local, quizás pudo haber motivado en el Nobel de Literatura alguna reserva. Como también el penoso caso de su hija no reconocida, Zaraí, puesto sobre el tapete de la discusión política por la madre de esta, la señora Lucrecia Orozco. O las incipientes exhibiciones de su voracidad por el dinero fácil al aprovecharse personalmente de la plata donada por George Soros para la causa de la recuperación democrática del país.

Todo claro, todo documentado. Vargas Llosa ni siquiera optó por seguir los pasos de su propio hijo, Álvaro, el mismo que en abril del 2001 (¡hace 16 años!) rompió públicamente con Toledo por su negativa a realizarse la prueba de ADN que determinara la certeza o no de la paternidad de Zaraí. En esos días, Álvaro Vargas Llosa le dijo a Jaime Bayly en su programa de TV que estaba “brutalmente decepcionado” del hombre de Cabana. Su progenitor ha esperado década y media para decir lo mismo.

Y también será muy difícil aceptarle a Vargas Llosa investirse la caparazón oportunista de un desilusionado, porque su mescolanza con el gobierno de Toledo fue más que la de un “garante” o guardián de los valores democráticos del país. Los nexos tuvieron nombre y apellido en los casos de dos primeros ministros (Roberto Dañino y Beatriz Merino) y el siempre servil Pedro Cateriano (viceministro de Popy Olivera en el despacho de Justicia).

Vargas Llosa todavía no quiere admitir el aura delincuencial de sus amigos Ollanta y Nadine. Suscribe la tesis de que, en el peor de los casos, la ex pareja presidencial recibió el dinero de Odebrecht y OAS para las campañas electorales 2006 y 2011, no para enriquecerse particularmente. Habría cometido una “falta”, no un delito. Pugna por la libertad e inocencia de ambos para no cargar sobre la conciencia esa imagen histórica de gran patrocinador de tres joyas del hampa política nacional.

¿Y por qué padece este trance angustioso? Por el prurito de ser “anti”, alentar a quienes tuvieran en la agenda destruir a los Fujimori y todo lo que se le parezca, en vez de promover a un ciudadano o ciudadana que reuniera condiciones más solventes para ocupar la primera magistratura de la nación, aunque no ganara los comicios. Vargas Llosa debe purgar por siempre y para siempre la condena moral a las motivaciones de sus torpes padrinazgos.


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